Brujas y magos de la antigua Grecia y Roma: la magia en el mundo grecorromano

Los magos y la brujas fueron una constante en la Grecia y Roma antiguas, con presencia sobrenatural en la literatura y en la historia real. Brujas y magos de Grecia y Roma, hechiceros, tablillas de maldiciones: todo acerca de la magia en la antigua Roma.
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Brujas y magos de las antiguas Grecia y Roma
Marcos Ribas Pérez | Vie, 05/08/2026 - 20:49
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Los magos y brujas tuvieron una presencia constante en la Antigüedad clásica. En el libro X de la Odisea, los compañeros de Odiseo entran en el palacio de una mujer que les ofrece un banquete. Comen, beben y, antes de que puedan levantarse de la mesa, sus cuerpos empiezan a deformarse. Les crecen cerdas. Hocicos. Pezuñas. Circe los ha transformado en cerdos con un golpe de vara y una poción que mezcla queso, harina, miel y un fármaco que borra la memoria del hogar. Homero no llama a eso magia; lo llama phármaka. La distinción importa, porque en el mundo grecorromano la línea entre lo que hoy etiquetamos como "hechicería" y lo que los antiguos consideraban religión, medicina o conocimiento del mundo natural nunca estuvo del todo clara. Esa ambigüedad recorre toda la historia de las prácticas mágicas en Grecia y Roma, desde los rituales domésticos más humildes hasta las invocaciones a divinidades del inframundo que aparecen grabadas en láminas de plomo repartidas por todo el Mediterráneo.

¿Qué entendían griegos y romanos por magia?

Los nombres de lo oculto

Los griegos no tenían una palabra única para designar lo que nosotros llamamos magia. Usaban varias, y cada una arrastraba matices diferentes. Goeteia aludía a prácticas de encantamiento, lamento ritual y comunicación con los muertos; mageia derivaba de los magoi persas, los sacerdotes zoroástricos, y arrastraba un cierto aire de exotismo oriental que los atenienses del siglo V a. C. miraban con mezcla de curiosidad y desconfianza. Pharmakeia cubría el territorio de las pociones, los venenos y los remedios: la misma raíz de la que procede nuestra palabra "farmacia". En latín, veneficium reunía envenenamiento y hechicería bajo un mismo concepto jurídico, lo que dice bastante sobre cómo los romanos abordaban el asunto. Para ellos, preparar un filtro letal y recitar un encantamiento pertenecían a la misma categoría de delito.

Esa superposición de términos no es un problema de vocabulario. Refleja algo más profundo: para los habitantes del mundo antiguo, no existía un muro que separase la ciencia de la superstición, ni la oración del conjuro. Investigadores como Fernando Lillo Redonet o Philip Matyszak han dedicado años a reconstruir ese mapa conceptual, y la conclusión a la que llegan es que imponer nuestras categorías modernas sobre las prácticas antiguas genera más confusión de la que resuelve.

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Medea imaginada por el pintor Sandys

Lo aceptable y lo punible

¿Dónde trazaban la línea los propios griegos y romanos? La respuesta depende de quién practicaba, para quién y con qué fin. Un sacerdote que consultaba las entrañas de un animal para predecir el resultado de una batalla actuaba dentro de la religión oficial. Una mujer que preparaba un filtro de amor con hierbas recogidas de noche y recitaba fórmulas invocando a Hécate cruzaba un umbral distinto: el de la sospecha social. Y quien inscribía una maldición en una lámina de plomo para arruinar a un rival comercial se adentraba en un terreno que la ley romana acabaría penalizando con severidad.

La diferencia no radicaba tanto en la técnica —los gestos, las invocaciones, los ingredientes podían ser idénticos— como en la legitimación institucional. Lo que el Estado sancionaba era religión; lo que escapaba a su control era brujería. Esa frontera se movía según el contexto político, y las acusaciones de prácticas ocultas servían con frecuencia para eliminar rivales incómodos, como veremos al hablar de la legislación romana.

Lo sobrenatural en la vida cotidiana

Conviene no imaginar la magia antigua como algo marginal, un reducto de ignorantes al margen de la cultura letrada. En Atenas y en Roma, ciudadanos de toda condición —mercaderes, abogados, atletas, senadores— recurrían a prácticas que hoy calificaríamos de mágicas. La creencia en un inframundo poblado por espíritus no era una curiosidad folclórica; articulaba decisiones políticas, militares y personales. El general que consultaba los auspicios antes de una campaña, la madre que colocaba un amuleto en la cuna del recién nacido y el litigante que encargaba una tablilla de maldición contra el abogado contrario compartían una misma cosmovisión: el mundo visible y el invisible se tocaban, y quienes sabían operar en ese punto de contacto poseían una ventaja real.

Hermes, en su papel de psicopompo —guía de las almas hacia el Hades—, representa bien esa permeabilidad entre lo humano y lo divino. No era un dios menor ni decorativo. Su presencia en los cruces de caminos, marcada por los hermai de piedra, recordaba a cada caminante que el límite entre este mundo y el otro podía cruzarse en cualquier dirección.

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Circe imaginada por John Williams Waterhouse

Las brujas y magos de Grecia y Roma que marcaron la tradición

Circe: mucho más que la bruja de la Odisea

El episodio de Circe en la Odisea ocupa apenas unos centenares de versos, pero su peso en la imaginación occidental ha sido desproporcionado. Homero la sitúa en la isla de Eea —un lugar que los geógrafos antiguos nunca lograron ubicar con certeza— rodeada de lobos y leones domesticados que, según el poeta, "no atacaban a los hombres sino que los recibían meneando la cola". Detalle inquietante. Esos animales eran, probablemente, otros viajeros transformados.

Lo que hace interesante a Circe no es solo su capacidad de transformar hombres en bestias. Es la complejidad de su figura. Cuando Odiseo resiste el efecto de sus pociones gracias a la hierba moly que Hermes le ha entregado, Circe no reacciona con ira sino con admiración. Lo invita a su lecho, lo retiene un año entero en su isla y, al despedirlo, le da instrucciones precisas para descender al Hades y consultar al adivino Tiresias. Dicho de otro modo: la misma mujer que convierte marineros en cerdos es también la que enseña al héroe a hablar con los muertos. Los griegos no la concebían como un personaje plano; encarnaba la ambivalencia con que su cultura entera miraba el poder mágico: temible, sí, pero portador de un saber que ningún mortal corriente poseía.

Medea: la venganza como arte oscuro y maléfico

Si Circe es ambigua, Medea es trágica. Nieta de Helios, hija del rey Eetes de la Cólquide, Medea domina las artes de las hierbas y los venenos con una pericia que las fuentes antiguas no atribuyen a ningún otro personaje femenino. Cuando Jasón llega a su tierra en busca del Vellocino de Oro, Medea traiciona a su padre, asesina a su propio hermano y huye con el extranjero griego por amor. La tragedia de Eurípides —representada en Atenas en el 431 a. C.— lleva esa historia a su desenlace más terrible: abandonada por Jasón, que planea casarse con la princesa de Corinto, Medea envía a la rival un vestido envenenado que la abrasa viva y, acto seguido, mata a sus propios hijos.

¿Hay una figura más oscura en toda la literatura griega? Probablemente no. Eurípides no presenta a Medea como un monstruo unidimensional sino como una mujer inteligente, herida y consciente de la monstruosidad de sus propios actos. "Sé qué males voy a cometer", dice antes de ejecutar su venganza, "pero mi cólera es más fuerte que mis razonamientos." Esa tensión entre lucidez y destrucción convirtió a Medea en la imagen más perdurable de lo que la brujería podía significar cuando se combinaba con la pasión humana llevada al extremo.

Circe y Medea comparten rasgos que la crítica moderna ha señalado con acierto: ambas son extranjeras, ambas poseen conocimientos mágicos que los griegos asociaban con el Oriente y con la barbarie, y ambas desafían las normas que regulaban el comportamiento femenino en la polis. Que sus historias hayan sobrevivido durante milenios no es casual.

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Jasón y Medes en una pintura de Waterhouse

Otros nombres que la tradición conservó

En la antigua Roma, La bruja tesalia Ericto, tal como la describe Lucano en su poema épico sobre la guerra civil romana, representa el extremo más siniestro de la hechicería antigua. Lucano la sitúa en los campos de Farsalia, rodeada de cadáveres, practicando la nigromancia con una soltura que roza lo grotesco: elige un cuerpo reciente, vierte en su boca una mezcla de sangre caliente, veneno de serpiente y espuma lunar, y lo obliga a hablar para revelar el futuro. El pasaje es literatura, no documento histórico, pero dice mucho sobre lo que un romano culto del siglo I d. C. podía imaginar —y temer— al pensar en una bruja real.

Simón el Mago, mencionado en los Hechos de los Apóstoles, ofrece otra perspectiva: la del hechicero carismático que acumula seguidores y desafía a las nuevas autoridades religiosas del cristianismo primitivo. Plinio el Viejo, desde la enciclopedia de su Historia Natural, documenta decenas de prácticas mágicas con un tono que oscila entre la curiosidad del naturalista y la reprobación del moralista romano. Y en los márgenes del Imperio, sacerdotes egipcios y magos persas traían consigo tradiciones que los romanos absorbían con la misma avidez con que importaban especias y seda.

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Ericto, la bruja retratada por Lucano en la Farsalia

Los instrumentos de la magia: ritos, objetos y sustancias

Ceremonias al borde del mundo conocido

Los rituales mágicos griegos no se celebraban en cualquier sitio. Los practicantes buscaban lugares liminares: encrucijadas, cementerios, orillas de ríos, umbrales de templos abandonados. La lógica era coherente con la cosmovisión de la época: si la magia operaba en la frontera entre lo visible y lo invisible, el espacio físico debía reflejar esa condición fronteriza. Una encrucijada de tres caminos, consagrada a Hécate, era el escenario idóneo para un ritual nocturno.

Los Papiros Mágicos Griegos —una colección de textos encontrados en Egipto y datados entre el siglo II a. C. y el V d. C.— ofrecen descripciones detalladas de estos procedimientos. Un ritual típico podía exigir: recitar una fórmula compuesta por secuencias de vocales sin significado aparente, sacrificar un gallo negro, quemar incienso específico según el día de la semana y trazar símbolos en el suelo con un cuchillo que no hubiera tocado hierro. La combinación de elementos era importante: no bastaba conocer las palabras; hacía falta dominar las correspondencias entre plantas, minerales, astros y divinidades que el pensamiento mágico antiguo organizaba en redes de simpatía cósmica.

Láminas de plomo con nombre y apellidos

Las tablillas de maldición —katadesmoi en griego, defixiones en latín— son, para el historiador, el material más revelador de cuantos ha producido la magia antigua. Se conservan miles. Son pequeñas láminas de plomo en las que alguien inscribía el nombre de la persona a la que deseaba perjudicar, la maldición concreta y una invocación a las potencias del inframundo. Se doblaban, se perforaban con clavos de bronce o hierro y se depositaban en tumbas, pozos o santuarios subterráneos.

¿Quién encargaba estas tablillas? No solo hechiceros profesionales. Gente corriente. Un atleta que quería paralizar las piernas de su rival en la carrera de carros. Un litigante que deseaba enmudecer al abogado contrario. Un amante despechado que pedía a Hécate o a Perséfone que su ex pareja no encontrase la felicidad con nadie más. Las defixiones nos abren una ventana a las preocupaciones de personas cuyos nombres no aparecen en ninguna otra fuente histórica: artesanos, comerciantes, mujeres anónimas que, por una vez, dejaron su voz grabada en plomo.

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La hechicera Circe imaginada por Wright Barker

El territorio ambiguo de las pociones

La preparación de filtros y venenos ocupaba un lugar de primer orden en el repertorio de la hechicería antigua. El conocimiento botánico que requería era considerable: había que saber qué planta recoger, en qué momento lunar, con qué mano y recitando qué fórmula. Las pociones de amor gozaban de una demanda permanente. Contenían ingredientes asociados a Afrodita —pétalos de rosa, mirto, miel—, pero también sustancias de efecto farmacológico real cuya dosificación incorrecta podía resultar letal.

El veneno, por su parte, constituía el arma silenciosa por excelencia del mundo antiguo. Medea era el referente literario, pero la práctica tenía un arraigo muy concreto en la política romana. Las acusaciones de envenenamiento se multiplicaban en periodos de inestabilidad: los juicios por veneficium durante la República tardía revelan un clima de sospecha generalizada en el que la frontera entre medicina, cocina y brujería resultaba peligrosamente borrosa. Plinio enumera decenas de plantas con propiedades letales o psicoactivas, y lo hace con la meticulosidad de quien cree que el conocimiento protege contra el abuso, no al revés.

La magia que hacía daño: maldiciones, invocaciones y persecuciones

Hechizos dirigidos contra personas concretas

Los hechizos de daño en el mundo grecorromano no eran genéricos. Apuntaban a objetivos precisos: paralizar la lengua de un orador, debilitar el brazo del lanzador de disco rival, provocar insomnio crónico en un enemigo personal, sembrar la discordia en un matrimonio ajeno. Las tablillas encontradas en el Cerámico de Atenas, el viejo cementerio de la ciudad, documentan peticiones de una especificidad que a veces resulta estremecedora. Una lámina del siglo IV a. C. maldice a más de cincuenta personas vinculadas a un mismo pleito judicial: sus nombres, uno tras otro, grabados en plomo con letra apresurada.

La magia de daño era moralmente reprobada y, al mismo tiempo, practicada con una frecuencia que la arqueología no deja lugar a dudas. Esa contradicción dice bastante sobre la naturaleza humana en cualquier época.

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Circe obra de John William Waterhouse

Hécate y las potencias del mundo subterráneo

Hécate ocupaba un lugar sin equivalente en el panteón grecorromano. Diosa triple, señora de las encrucijadas y los umbrales, protectora de quienes operaban entre el mundo de los vivos y el de los muertos: ninguna otra divinidad acumulaba tantas funciones ligadas a la práctica mágica. Los Papiros Mágicos Griegos la invocan con decenas de epítetos —"Guardiana de las llaves", "Señora de los fantasmas", "Reina de la noche"— y las ofrendas que sus devotos depositaban en los cruces de caminos incluían perros negros, miel, huevos y un tipo especial de torta llamada amphiphontes.

Junto a Hécate, los magos invocaban a Perséfone y a Hades como soberanos del inframundo, a Hermes en su papel de conductor de almas y a las Erinias como agentes de venganza. En el periodo helenístico, cuando el sincretismo religioso alcanzó su apogeo, a ese repertorio se sumaron divinidades egipcias —Osiris, Anubis, Isis— y fórmulas tomadas de la tradición judía, creando un sistema cada vez más denso y heterogéneo que los textos mágicos recogidos en Egipto documentan con extraordinario detalle.

Lo que la ley perseguía

A pesar de que la magia saturaba la vida cotidiana del mundo grecorromano, las autoridades no se limitaban a mirar hacia otro lado. La Ley de las Doce Tablas —el código jurídico más antiguo de Roma, redactado hacia el 450 a. C.— ya contemplaba castigos para quien usara encantamientos con el fin de destruir cosechas ajenas. Con el tiempo, la legislación se fue endureciendo. La Lex Cornelia de sicariis et veneficis, promulgada por Sila en el 81 a. C., equiparaba el uso de venenos y la práctica de hechicería dañina con el homicidio, y las penas iban desde la confiscación de bienes hasta la ejecución.

Durante el Imperio, las cosas empeoraron para los practicantes. Los emperadores, que vivían rodeados de conspiraciones reales e imaginarias, perseguían con particular saña a quienes consultaban a magos sobre el futuro del gobernante o intentaban usar hechizos contra la familia imperial. Tiberio expulsó de Roma a astrólogos y hechiceros en el 16 d. C. Las acusaciones de brujería se convirtieron en una herramienta política de primer orden: bastaba acusar a un rival de haber encargado una defixio para desencadenar un proceso judicial que podía acabar con su carrera o con su vida.

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Medea y las hijas de Pelias en un relieve del siglo V a.C.

Las tablillas de maldición: anatomía de un objeto mágico

Cómo se fabricaba una maldición

El procedimiento seguía una pauta reconocible. El solicitante acudía a un profesional —o actuaba por cuenta propia, si disponía de los conocimientos necesarios— y dictaba o escribía la maldición sobre una lámina de plomo. La elección del material no era arbitraria: el plomo se asociaba con Saturno y con las fuerzas ctónicas, lo que lo convertía en conductor natural hacia el inframundo. La tablilla comenzaba con una invocación a las divinidades apropiadas. Seguía la identificación de la víctima, que a menudo incluía el nombre de la madre —se consideraba más fiable que el del padre a efectos de identificación mágica—. El cuerpo del texto especificaba la maldición deseada, y algunas tablillas añadían fórmulas en lenguas exóticas, secuencias de vocales o escritura invertida para reforzar el poder del hechizo.

Una vez inscrita, la tablilla se doblaba, se clavaba y se depositaba en un lugar que favoreciera el contacto con el mundo de los muertos.

Dónde se enterraban

Los cementerios eran el destino preferido. Las tumbas de personas muertas de forma violenta o prematura —los griegos los llamaban aoroi y biaiothanatoi— atraían especialmente a los usuarios de katadesmoi, porque se creía que esas almas insatisfechas estaban más dispuestas a colaborar con los vivos y a servir de mensajeras ante las potencias infernales. Las tablillas se introducían a través de los conductos de libación o se enterraban junto a la sepultura.

Otros emplazamientos frecuentes: santuarios consagrados a divinidades ctónicas, pozos sagrados, fuentes termales y, en casos ligados a competiciones atléticas, el propio estadio o hipódromo. Que las tablillas aparezcan repartidas por toda la geografía del Mediterráneo antiguo —desde la Atenas clásica hasta la Britania romana— confirma que estas prácticas no eran patrimonio de una región ni de una clase social concreta.

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El mito de Medea imaginado por el pintor Delacroix

Lo que la arqueología ha desenterrado

En el balneario romano de Bath, en el suroeste de Inglaterra, los arqueólogos recuperaron más de ciento treinta tablillas del santuario consagrado a Sulis Minerva. La mayoría son peticiones de justicia: bañistas que piden a la diosa que castigue al ladrón que les ha robado la ropa, el anillo o las sandalias mientras se bañaban. Los textos incluyen nombres propios, listas de sospechosos e incluso maldiciones condicionales del tipo "si el ladrón es hombre o mujer, libre o esclavo, que no pueda comer ni dormir hasta que devuelva lo robado". Es difícil encontrar un documento más vivo del día a día en una ciudad de provincias del Imperio romano.

En Corinto, las tablillas halladas en el santuario de Deméter reflejan rivalidades amorosas entre mujeres. En Atenas, las defixiones del Cerámico documentan la feroz competencia de los tribunales. Cada yacimiento aporta un ángulo diferente, pero el patrón de fondo se repite: personas corrientes que, cuando la ley, la costumbre o la suerte no les daban lo que querían, acudían a las fuerzas del inframundo como último recurso.

Entre la oración y el conjuro: religión y magia en el mundo antiguo

Hécate, patrona de los que cruzan umbrales

La relación de Hécate con la magia merece un apartado propio porque ninguna otra divinidad grecorromana acumuló tantas funciones vinculadas a lo oculto. Era la diosa de las encrucijadas, los partos, la luna nueva y la transición entre la vida y la muerte. Los textos la presentan portando antorchas, acompañada por una jauría de perros fantasmales cuyo aullido anunciaba su presencia en la noche sin luna. Ese perfil la convertía en la mediadora natural para cualquier operación mágica que requiriera cruzar un límite: entre lo visible y lo invisible, entre lo permitido y lo prohibido, entre este mundo y el otro.

Pero Hécate no era, en origen, una diosa exclusivamente siniestra. Hesíodo, en la Teogonía, le atribuye honores amplísimos concedidos por el propio Zeus: protección sobre tierra, mar y cielo, capacidad para otorgar prosperidad a quien la invocase correctamente. Su asociación preferente con la brujería fue un desarrollo posterior, acentuado durante el periodo helenístico y amplificado por los textos mágicos tardoantiguos. El recorrido de Hécate desde diosa benefactora hasta patrona de nigromantes ilustra cómo las divinidades griegas no eran figuras estáticas, sino construcciones culturales que cada generación adaptaba a sus propias ansiedades.

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Circe representada por Frederick Stuart Church

¿Dónde terminaba la religión y empezaba la magia?

Es la pregunta que los historiadores de las religiones antiguas llevan décadas intentando responder, y la respuesta honesta es que no existe una frontera nítida. Los rituales mágicos imitaban las ceremonias oficiales. Los sacerdotes de ciertos templos practicaban la adivinación con técnicas indistinguibles de las que usaban los hechiceros ambulantes. Un himno a Hécate recitado en un santuario público era religión; el mismo himno recitado en una encrucijada a medianoche, con un perro negro sacrificado y una lámina de plomo entre las manos, era magia. ¿Qué había cambiado? El contexto institucional, no las palabras.

La tensión era productiva. La religión oficial intentaba mantener el orden cósmico propiciando a los dioses según las formas prescritas por la comunidad. La magia, en cambio, buscaba torcer la voluntad divina en beneficio de un individuo concreto, a menudo en perjuicio de otro. Esa diferencia de intención —colectiva frente a privada, propiciatoria frente a coercitiva— era lo que, en último término, separaba al sacerdote del hechicero en la percepción de los antiguos. Aunque las herramientas de ambos podían ser las mismas.

Cómo miraba la sociedad antigua a sus brujas y magos

Respeto, miedo y un punto de fascinación

La actitud del mundo grecorromano hacia quienes practicaban magia no se deja reducir a una fórmula simple. Un mismo individuo podía ser consultado en privado por un senador y denunciado al día siguiente por un vecino resentido. Los magos que dominaban el conocimiento de hierbas, astros y fórmulas rituales atraían clientes de todas las capas sociales. Eso sí, la misma capacidad que los hacía valiosos los convertía en sospechosos: quien sabe curar también sabe envenenar, y quien habla con los muertos transita un territorio que la mayoría prefiere no pisar.

Las mujeres acusadas de brujería afrontaban un estigma particular. La literatura las retrata como figuras transgresoras que desafían la autoridad masculina —Medea, Circe, Ericto—, y las fuentes históricas sugieren que la acusación de hechicería recaía sobre las mujeres con una frecuencia desproporcionada. La bruja antigua no era solo una practicante de artes oscuras; era, en la imaginación colectiva, una amenaza contra el orden social que la polis o la res publica aspiraban a mantener.

La ley como espejo de las creencias

Que Roma legislase contra la magia con tanta insistencia revela, paradójicamente, lo extendidas que estaban esas prácticas. No se prohíbe lo que nadie hace. Las Doce Tablas, la Lex Cornelia, los edictos imperiales contra astrólogos y nigromantes: cada norma es un testimonio involuntario de la penetración de la hechicería en la sociedad romana. Tácito refiere que durante el reinado de Tiberio se abrieron procesos contra ciudadanos de rango senatorial por haber consultado a magos caldeos. Suetonio documenta la obsesión de Domiciano por las predicciones astrológicas que anunciaban su muerte. La magia no vivía al margen del poder; vivía enredada en él.

El hechicero entre dos mundos

Los magos más competentes del mundo antiguo sabían moverse en ese espacio inestable. Cultivaban la reputación suficiente para atraer clientes sin acumular una notoriedad que les acarrease problemas con las autoridades. La Medea de Eurípides, las sátiras de Horacio sobre brujas tesalias que arrancan la luna del cielo con sus conjuros, las descripciones de Apuleyo en El asno de oro: todos esos textos reflejan una sociedad que sentía por sus hechiceros una mezcla de fascinación y repulsión que nunca se resolvió del todo en una sola dirección.

¿Creían realmente los romanos cultos en la eficacia de la magia? Los filósofos debatían el asunto. Plinio oscilaba entre el escepticismo y la prudencia de quien no descarta del todo lo que no puede explicar. Pero incluso los más escépticos reconocían el poder psicológico de las creencias mágicas sobre el comportamiento de las personas. Y las tablillas de plomo, los amuletos protectores y los filtros de amor siguieron fabricándose durante toda la Antigüedad, atravesando sin inmutarse cada oleada de racionalismo filosófico o represión legal. Que lo hicieran dice algo sobre la magia antigua que ningún tratado teórico logra capturar del todo: que respondía a necesidades humanas —el miedo, el deseo, la venganza, la esperanza— para las que ni la religión oficial ni la filosofía tenían respuesta suficiente.