Jasón y los Argonautas: la busca del vellocino de oro

El mito de Jasón y los argonautas y su búsqueda del vellocino de oro es una de las más conocidas de la mitología griega, y su eco ha llegado a las artes de los siglos posteriores.
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Jasón y los argonautas: la busca del vellocino de oro
Marcos Ribas Pérez | Lun, 11/03/2025 - 10:16
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Si hay una aventura en la mitología griega que ha cautivado lectores y artistas a lo largo de los siglos, esa es la historia de Jasón y sus compañeros argonautas. Un joven príncipe al que le robaron su trono antes de que pudiera siquiera sentarse en él, liderando una banda de los guerreros y héroes más curtidos de toda Grecia en busca de una piel de carnero dorada. Porque el vellocino de oro no era una baratija cualquiera; se decía que quien lo poseyera tendría poder y prosperidad más allá de lo imaginable. 

¿Quién fue Jasón y por qué buscaba el Vellocino de Oro?

El origen de Jasón y su derecho al trono

El nombre de Jasón significaba "sanador" en griego antiguo, aunque su vida estuvo más llena de heridas que de curas. Era el hijo legítimo de Esón, quien debería haber gobernado Yolco en Tesalia, pero las cosas se torcieron cuando su medio hermano Pelias decidió hacerse con el poder dando un golpe de estado. Los padres de Jasón, aterrados de que el nuevo tirano quisiera eliminar cualquier amenaza futura, tomaron una decisión desgarradora: mandaron a su bebé lejos, muy lejos, a las montañas donde vivía Quirón. Este centauro no era como el resto de seres mitad caballo, mitad hombre; era el maestro de maestros, el tipo que había entrenado a los mejores héroes de Grecia y que lo seguiría haciendo en las generaciones siguientes. Jasón creció entre lecciones de combate, medicina y filosofía, volviéndose cada día más fuerte y sabio. Cuando finalmente supo la verdad sobre su origen, sintió que algo ardía en su pecho. Era hora de volver a casa. Era hora de reclamar lo que era suyo. Lo que no sabía el joven era que el destino tenía otros planes, planes mucho más grandes y peligrosos de lo que jamás pudo imaginar.

Por qué Jasón debía reclamar el trono de Yolcos

Jasón no era un tipo vengativo, o al menos eso quería creer. Su motivación iba más allá del simple "quiero mi trono porque sí". Sentía en sus huesos que tenía una responsabilidad con su pueblo, con esa gente de Yolcos que sufría bajo el puño de hierro de Pelias. Los antiguos griegos creían que cuando un gobernante era injusto, los dioses castigaban a todo el reino. Sequías, plagas, cosechas arruinadas... todo podía ser culpa de un mal rey. Cuando Jasón emprendió su camino hacia Yolcos, algo curioso pasó al cruzar el río Anauros. Una viejecita le pidió ayuda para cruzar. Mientras Jason la cargaba entre las aguas turbulentas, perdió una sandalia. La anciana era nada menos que Hera, la reina de los dioses, disfrazada. Desde ese momento, ella sería su protectora invisible.

¿Por qué hizo Hera que Jasón perdiera la sandalia? Porque existía una profecía que advertía a Pelias sobre un hombre con una sola sandalia. Cuando Jasón llegó cojeando al palacio, con un pie descalzo y el otro calzado, Pelias casi se atraganta con su vino. El hombre de la profecía había llegado, y con él, el comienzo de una aventura que cambiaría todo.

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Jasón ante Pelias en un mosaico de Pompeya

La misión impuesta por Pelias: la búsqueda del Vellocino de Oro

Cuando Pelias vio a Jasón parado ahí, exigiendo su trono legítimo, su mente maquiavélica se puso a trabajar. "Claro, sobrino querido", dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, "el trono será tuyo... pero primero, demuestra que eres digno". La prueba parecía más allá de las posibilidades de cualquier mortal: traer el vellocino de oro desde la Cólquida, una tierra tan lejana que algunos dudaban que existiera (hoy se ubicaría en la actual Georgia). Este vellocino no era cualquier trozo de lana; era la piel de un carnero divino, brillante como el sol, que había pertenecido al carnero sobre cuyo lomo los pequeños Frixo y Hele habían escapado del peligro que los acechaba. Estaba custodiado por un dragón que nunca dormía y un rey que prefería matar extranjeros a invitarlos a cenar. Pelias prácticamente firmó la sentencia de muerte de Jasón con una sonrisa. Pese a todo, Jasón aceptó encontrar el vellocino de oro. El viejo tirano estaba seguro de que nunca volvería a ver a su sobrino. Hera, desde el Olimpo, debe haber sonreído también, pero por razones muy diferentes. Odiaba a Pelias con la furia de mil soles (había profanado sus templos, entre otras ofensas), y Jasón sería su instrumento de venganza. 

¿Cómo se formó el grupo de los Argonautas para el viaje?

Jasón y los Argonautas: los héroes que acompañaron a Jasón en su búsqueda

Cuando corrió la voz de que Jasón buscaba compañeros para esta locura de expedición, algo increíble sucedió. Los mejores guerreros de Grecia comenzaron a aparecer, como si la gloria los llamara por su nombre. Primero llegó Heracles —el hijo de Zeus— con sus músculos que parecían montañas y su maza con la que podía partir rocas. Luego vino Orfeo, cuya lira podía hacer llorar a las piedras y bailar a los árboles; su música sería vital cuando las cosas se pusieran feas. Los gemelos divinos, Cástor y Pólux, llegaron juntos como siempre, uno mortal y otro inmortal, unidos por un lazo que ni la muerte podría romper. Peleo apareció también —futuro padre del gran Aquiles—, junto con Telamón, padre de Áyax, su primo, Meleagro el cazador de jabalíes, y hasta Atalanta, una de las pocas mujeres que se ganó su lugar entre estos héroes griegos a punta de flecha y velocidad. A ellos se unieron Calais y Zetes, los alados hijos del viento Bóreas. Cada héroe traía algo único: fuerza bruta, magia, astucia, velocidad... 

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Relieve romano en terracota que muestra la construcción del Argo dirigida por Atenea

La construcción del Argo y su simbolismo

El barco que los llevaría no podía ser cualquier barcaza de pesca, eso estaba claro. Necesitaban algo especial, algo épico. Así nació el Argo, cuyo nombre significaba "rápido". El maestro constructor Argos se encargó del diseño, con Atenea prácticamente respirándole en la nuca y dando sugerencias. Pero aquí viene lo raro: la quilla del barco fue hecha con madera del bosque sagrado de Dodona, donde los robles hablaban. El resultado fue un barco que ocasionalmente podía dar consejos o advertencias. Imagínate estar navegando y que tu barco de repente te diga "¡Cuidado con las rocas!". Cada argonauta puso sus manos en la construcción, martillando, lijando, atando cuerdas. Era su manera de crear un vínculo con la nave, de hacerla parte del equipo. Porque el Argo no era solo transporte; era su hogar flotante, su fortaleza contra lo desconocido, casi un miembro más de la tripulación. Cuando finalmente estuvo listo y lo botaron al agua, debe haber sido un espectáculo impresionante: el barco más avanzado de su era, brillando bajo el sol griego, listo para llevar a estos locos valientes hacia lo desconocido.

El papel de Hera en la formación del grupo de Argonautas

La diosa Hera no era conocida por su sutileza, pero en esta ocasión jugó sus cartas como una maestra del ajedrez. Su odio hacia Pelias venía de lejos —el tirano había matado a gente refugiada en su templo— y había esperado pacientemente el momento perfecto para cobrar venganza. Jasón era su peón dorado, aunque él no lo supiera del todo. La diosa trabajó entre bambalinas, susurrando en sueños a los héroes, creando "casualidades" que los llevaran hasta Jasón. "¿No sería genial unirte a esa expedición?" parecían decir los vientos cuando pasaban cerca de cada guerrero. Pero su jugada maestra vendría después, en la lejana Cólquida. Allí orquestaría un encuentro que cambiaría todo: haría que Medea, la hija del rey y una hechicera poderosa, se enamorara perdidamente de Jasón. Un amor instantáneo, irracional, consumidor. Era brillante y terrible a la vez. Porque ese amor salvaría a Jasón, le daría el vellocino... pero también plantaría las semillas de tragedias futuras que harían palidecer cualquier tragedia griega. 

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Escultura de Jasón realizada por Thorvaldsen

¿Cuáles fueron los principales desafíos en el viaje de los Argonautas?

El viaje de Jasón: las pruebas marítimas y terrestres durante la expedición

El mar no fue amable con nuestros héroes, ni por un segundo. Las Simplégades fueron su primera pesadilla real: dos rocas gigantescas que chocaban entre sí, aplastando todo lo que intentara pasar. El adivino Fineo (al que habían ayudado antes) les dio un truco: soltaron una paloma para que volara entre las rocas. Cuando las rocas se cerraron solo atraparon algunas plumas de la cola. "¡Ahora!" gritó Jasón, y remaron como si el mismísimo Hades los persiguiera. Atenea les dio un empujoncito divino, y pasaron por los pelos, sintiendo el viento de las rocas cerrándose detrás de ellos.

Luego vinieron las sirenas, esas criaturas cuyo canto podía volverte loco de deseo. Pero Orfeo, el músico de la expedición, tocó más fuerte que ellas. En tierra las cosas no mejoraron mucho. Una noche confundieron a los doliones, que los habían recibido amigablemente, con piratas. La batalla fue brutal y cuando amaneció... ahí estaban los cuerpos de sus anfitriones. El rey Cícico, que había sido su amigo apenas horas antes, yacía muerto. Los gritos de su joven esposa al encontrarlo todavía debieron resonar en sus pesadillas años después. Cada desafío los moldeaba, los unía más como equipo. 

Si algo distinguía a Jasón y su pandilla era que no se limitaban a dar espadazos y esperar lo mejor. Cada problema requería una solución diferente. Cuando los pájaros de Ares los atacaron con sus plumas metálicas, ¿qué hicieron? Crearon un estruendo infernal golpeando sus escudos, siguiendo el consejo del viejo Fineo. Los pájaros salieron volando despavoridos.

La isla de Lemnos fue otro reto interesante: habitada solo por mujeres que habían asesinado a sus maridos. Los argonautas podrían haberse quedado ahí para siempre, disfrutando de la hospitalidad. Pero Jasón prometió que solo sería una escala breve, manteniendo a sus hombres enfocados en la misión. Aunque tuvieron que prácticamente arrastrar a algunos de vuelta al barco. Cuando necesitaron curar a un compañero herido, no detuvieron toda la expedición. Mandaron emisarios específicos a buscar al centauro Quirón, manteniendo el barco en movimiento.

Lo brillante de Jasón era que entendía que no todo problema se resuelve con músculos. A veces necesitas astucia, a veces diplomacia, a veces un poquito de trampa. Esta flexibilidad, junto con los empujoncitos divinos ocasionales, los mantuvo avanzando cuando otros habrían fracasado. Cada victoria los acercaba más a la Cólquida, al vellocino, y a un destino que ninguno podía prever completamente.

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Zetes y Calais persiguiendo a las harpías en una pintura de Erasmus Quellinus

El enfrentamiento con el rey Eetes en la Cólquida

Cuando finalmente llegaron a la Cólquida, exhaustos pero vivos, se encontraron con el rey Eetes, que los miró como quien mira a las cucarachas en su cocina: con disgusto y ganas de aplastarlos. El vellocino de oro era su tesoro más preciado, el símbolo de su poder, la garantía de prosperidad de su reino. ¿Entregárselo a unos griegos sudorosos que llegaban del mar? Ni en sueños. Pero Eetes era astuto. "Claro que pueden tener el vellocino", dijo con una sonrisa que helaba la sangre, "si pasan unas pruebas primero". Jasón, tratando de mantener la compostura diplomática mientras por dentro probablemente quería estrangularlo, aceptó.

Mientras tanto, en las sombras del palacio, unos ojos oscuros observaban a Jasón con una intensidad que él no podía entender todavía. Medea había entrado en escena.

¿Cómo logró Jasón conseguir el Vellocino de Oro con la ayuda de Medea?

Jasón y Medea: las pruebas mortales de la Cólquida

Las pruebas de Eetes eran básicamente una forma elaborada de ejecución, ya que para cualquier mortal habría sido imposible sobrevivir a ella. Primera prueba: domar dos toros creados por Hefesto, el herrero divino. Estos animales, por supuesto, no eran normales; escupían fuego como dragones y tenían pezuñas de bronce que podían atravesar armaduras. Con estos monstruos, Jasón debía arar un campo consagrado a Ares que nunca nadie había tocado.

Segunda prueba: sembrar dientes de dragón en los surcos. De estos dientes brotarían guerreros completamente armados y sedientos de sangre. Tercera prueba: vencer al dragón que nunca dormía y custodiaba el vellocino. Sus escamas eran más duras que cualquier armadura, sus ojos brillaban con fuego antinatural. Un monstruo de pesadilla. Eetes se frotaba las manos mentalmente, seguro de que pronto vería a Jasón convertido en cenizas.

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Jasón y Medes imaginados por John Williams Waterhouse

La intervención mágica de Medea

Medea estaba perdida. Eros le había clavado su flecha por orden de Hera, y el amor la consumía como fuego. Pasó noches sin dormir, debatiéndose entre la lealtad a su padre y este deseo ardiente por el extranjero. Finalmente, el amor ganó. En secreto, bajo la luz de la luna, recolectó hierbas del Cáucaso. Una de ellas era especial: una flor nacida de la sangre de Prometeo cuando el águila devoraba su hígado. Con estos ingredientes y otros que solo las sacerdotisas de Hécate conocían, preparó un ungüento que parecía simple barro pero contenía poder divino. "Úntate esto al amanecer", le susurró a Jasón en un encuentro clandestino, sus manos temblando al entregarle el frasco. "Te hará invulnerable al fuego y te dará la fuerza de diez hombres. Pero solo durará un día, úsalo sabiamente".

El enfrentamiento con los toros de bronce

El amanecer llegó y la corte entera se reunió para ver el espectáculo. Apostaban sobre cuántos segundos duraría Jasón antes de ser incinerado. Los toros fueron liberados, resoplando llamaradas que derretían la arena bajo sus pezuñas. Jasón, protegido por el ungüento de Medea, caminó hacia ellos sin miedo. El primer toro embistió, escupiendo fuego. La multitud contuvo el aliento... pero Jasón no se quemó. Con una fuerza sobrehumana, agarró al toro por los cuernos y lo forzó al suelo. El segundo toro atacó por detrás, pero Jasón lo esquivó y lo sometió también. Los colcos no podían creer lo que veían. Eetes apretaba los dientes tan fuerte que podrían haberse roto. Con los toros uncidos al yugo, Jasón comenzó a arar. Las pezuñas de bronce abrían surcos profundos en la tierra virgen, mientras las bestias resoplaban fuego impotentemente.

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Jasón y Medea en una pintura de Moreau

La batalla contra los guerreros sembrados

Los dientes de dragón cayeron en los surcos como semillas malditas. La tierra comenzó a temblar y agrietarse. Manos armadas emergieron, luego cabezas con cascos, finalmente guerreros completos: los Spartoi, nacidos para matar. Pero Medea había previsto esto también. "Lanza una piedra entre ellos antes de que te vean", había sido su consejo. Jasón tomó una roca enorme y la arrojó al centro del grupo que seguía emergiendo. "¡Quién ha hecho eso!" gritó uno. "¡Has sido tú!" acusó otro. En segundos, se desató el caos. Los guerreros terrígenos se atacaban entre sí, confundidos y furiosos, su sed de sangre volteada contra ellos mismos. El campo de batalla se convirtió en una carnicería fratricida. Jasón esperó, observando cómo se destruían mutuamente. Cuando solo quedaron unos pocos, exhaustos y heridos, acabó con ellos casi por misericordia. Eetes observaba con una furia fría. Su plan había fracasado.

El robo del Vellocino y la traición de Eetes

Esa noche, Eetes convocó a sus generales. "Quemen el barco griego. Maten a todos mientras duermen", ordenó. Pero Medea conocía a su padre demasiado bien. "Viene conmigo ahora o mueres esta noche", le dijo a Jasón. Lo guio a través de senderos secretos hasta el bosque sagrado. El dragón guardián era magnífico y terrible, sus ojos seguían cada movimiento. Medea comenzó a cantar en una lengua antigua, rociando una poción hecha con hierbas del río Leteo. Los párpados del dragón, que nunca se habían cerrado, comenzaron a pesar. Por primera vez en siglos, la bestia durmió. Jasón trepó al árbol sagrado. El vellocino brillaba como un pedazo de sol. Al tocarlo, sintió su poder: cálido, vibrante, divino. Lo arrancó de las ramas y corrieron. El tiempo era su enemigo ahora.

La dramática huida y el sacrificio de Apsirto

La huida fue caótica. Medea sabía que su padre los perseguiría hasta el fin del mundo. En su desesperación, tomó la decisión más horrible de su vida hasta aquel momento. Su hermano pequeño, Apsirto, los acompañaba —Medea lo había convencido de venir, prometiendo protegerlo—. Cuando la flota de Eetes casi los alcanzó, Medea mató al muchacho. Las versiones difieren en los detalles (algunos dicen que Jasón mató a Apsirto, otros que fue ella misma), pero el resultado fue el mismo: Apsirto murió, y su cuerpo fue desmembrado y arrojado al mar pieza por pieza. Eetes, al ver los restos de su hijo flotando, tuvo que detenerse. Las leyes divinas y humanas exigían que recogiera cada parte para darle sepultura apropiada. Mientras el rey lloraba sobre los pedazos de su hijo, el Argo desaparecía en el horizonte. La victoria sabía a ceniza.

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Medea imaginada por el pintor Sandys

Las consecuencias inmediatas de la huida

El fratricidio exigía purificación, o los dioses los maldecirían para siempre. Navegaron hasta la isla de Circe, tía de Medea y hechicera poderosa. Circe realizó los rituales necesarios, pero su rostro mostraba horror y disgusto. "Están limpios ante los dioses", dijo, "pero el precio que han pagado los perseguirá siempre". Y tenía razón. El vellocino de oro estaba en sus manos, la misión cumplida, pero a un costo que ninguno había anticipado. Jasón miraba a Medea diferente ahora, con gratitud mezclada con algo más oscuro. ¿Miedo? ¿Respeto? Ella había sacrificado todo por él: familia, patria, inocencia. El viaje de regreso a Yolcos sería largo, pero ya nada sería igual. Habían ganado, sí, pero ¿a qué precio?

La vida de Jasón después de la expedición de los argonautas

El retorno a Yolcos

Cuando Jasón llegó a Yolco con el vellocino brillando como un segundo sol, esperaba un recibimiento heroico. La realidad lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Jasón entregó el vellocino a Pelias, pero este no solo se negó a entregar el trono, sino que durante su ausencia había asesinado a su padre Esón y a su hermano pequeño. Jasón regresó con su trofeo dorado, victorioso, solo para descubrir que su familia había sido masacrada. La furia debió haberlo consumido, pero era Medea quien tenía el plan. 

La venganza de Medea contra Pelias

La venganza de Medea fue una obra maestra de crueldad psicológica. Se presentó ante las hijas de Pelias como una hechicera benévola. "Puedo rejuvenecer a su padre", les prometió con una sonrisa maternal. Para probarlo, tomó un carnero viejo, lo descuartizó frente a ellas y lo echó en un caldero con hierbas "mágicas". Minutos después, un corderito saltó del caldero, balando alegremente. Las princesas quedaron maravilladas. "¡Hazlo con nuestro padre!" suplicaron. Esa noche, las pobres ilusa s cortaron a su propio padre en pedazos y lo echaron al caldero, esperando el milagro. Medea simplemente se encogió de hombros y desapareció del lugar. Las hijas enloquecieron de horror al darse cuenta de lo que habían hecho. La venganza de Jasón se había cumplido. 

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Medea y las hijas de Pelias en un relieve del siglo V a.C.

El exilio en Corinto

Después del fiasco de Pelias, Jasón y Medea tuvieron que huir de la ira de los ciudadanos de Yolco, que no deseaba n vivir bajo un rey capaz de protagonizar aquellas atrocidades. Se establecieron en Corinto, donde por diez años vivieron algo parecido a una vida normal. Tuvieron hijos, dos niños que jugaban en los jardines del palacio. Jasón ganó respeto, Medea era temida pero también respetada. Parecía que finalmente habían encontrado paz.

La traición de Jasón

El rey Creonte de Corinto tenía una hija, Glauce (o Creúsa, el nombre varía según las fuentes). Joven, hermosa, y lo más importante: princesa. Cuando ofreció su mano a Jasón, el héroe no lo pensó dos veces. "Es por el bien de nuestros hijos", le dijo a Medea, como si eso justificara cualquier cosa. "Serán príncipes, tendrán un futuro mejor". Medea lo miró con odio. ¿Este era el hombre por el que había traicionado a su padre, matado a su hermano, dejado todo atrás? La mujer que había hecho posible cada una de sus victorias, ¿reducida a un estorbo inconveniente? El dolor debió ser indescriptible. Pero Medea no era de las que lloran en silencio.

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El mito de Medea imaginado por el pintor Delacroix

La venganza de Medea

Medea sonrió y fingió aceptar la situación con docilidad. Envió a la novia un regalo de bodas: un vestido hermoso y una corona dorada. Glauce, emocionada, se los puso inmediatamente. El veneno comenzó a actuar al instante. La tela se fundió con su piel, la corona ardía con fuego mágico. Sus gritos debieron escucharse en todo el palacio. Creonte corrió a ayudar a su hija, la abrazó, y el veneno lo consumió también. Padre e hija murieron abrazados, convertidos en una masa irreconocible de carne quemada. Pero Medea no había terminado. En el acto más atroz imaginable mató a sus propios hijos solo con el objetivo de herir a Jasón y que este no tuviera descendencia, para que su dolor fuera absoluto, eterno. 

La huida de Medea y el declive de Jasón

Medea escapó en un carro tirado por dragones alados, regalo de su abuelo Helios, el dios del sol. La imagen debió ser impactante: una mujer elevándose hacia el cielo mientras abajo Jasón gritaba y lloraba sobre los cuerpos de sus hijos. Ella terminó en Atenas, donde se casó con el rey Egeo (el papá de Teseo), aunque esa es otra historia que también terminó mal.

Jasón quedó destrozado. Sin familia, sin honor, sin amigos. Nadie quería acercarse al hombre maldito. Los dioses lo habían abandonado, o peor, lo habían marcado para sufrir.

Los últimos días del héroe

El final de Jasón fue patético, y una culminación perfecta a su vida de escasa moralidad. Vagaba sin rumbo, a veces hablando solo, a veces maldiciendo a los dioses. Su único consuelo era dormir bajo los restos del Argo, su amado barco, que había sido consagrado a Poseidón y abandonado en la playa. Un día, mientras dormía ahí, soñando quizás con días mejores, un madero podrido se desprendió. Cayó sobre su cabeza y lo mató al instante. Algunos dicen que fue un accidente. Otros, que el barco, que podía hablar eligió ese momento por alguna razón. Hay versiones que dicen que se suicidó, incapaz de soportar más su existencia vacía. Como sea que haya sido, el gran Jasón, líder de los argonautas, conquistador del vellocino de oro, murió solo y olvidado.