Tersites: el antihéroe de la Ilíada que desafió a Agamenón y Aquiles

En la mitología griega Tersites es presentado en la Ilíada de Homero como un guerrero feo, malvado y cobarde, y sirve como contraposición a los grandes héroes virtuosos que combatieron en la guerra de Troya.
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Tersites, el antihéroe de la Ilíada que se enfrentó a Aquiles y a Agamenón
Marcos Ribas Pérez | Lun, 12/08/2025 - 09:28
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Tersites es un personaje totalmente secundario en los poemas de Homero, pues aparece apenas unos versos en el Canto II de la Ilíada. Aun así, el feo de los griegos, tal y como se lo conoce, lleva milenios dando que hablar y se ha convertido en todo un símbolo. Hay algo en este personaje de la mitología griega —incómodo, molesto, fuera de lugar— que sigue interpelándonos varios milenios después de su creación.

Pese a que su fama en lo mitología es esencialmente negativa y todos los relatos ponen énfasis en los aspectos oscuros de su papel, Tersites fue el único que se atrevió a decirle las cosas claras a Agamenón y a Odiseo, los jefes del ejército. Cuestionó la guerra misma, se enfrentó incluso a Aquiles y llegó a burlarse de él, algo que le costó la muerte. Su figura, controvertida y fascinante a partes iguales, nos obliga a preguntarnos qué tipo de crítica social permitía la épica homérica y cuáles eran sus límites.

¿Quién fue Tersites y cuál es su papel en la guerra de Troya?

Sabemos muy poco de Tersites o de su linaje, y lo poco que sabemos se contradice según la fuente. Thersites, como lo llaman algunas traducciones, aparece por primera vez en la Ilíada. Este poema constituye su aparición principal, aunque otros textos mitológicos lo mencionan de pasada. Algunas tradiciones lo hacen hijo de Agrio, un personaje menor en la genealogía griega. Esto le otorgaba cierto linaje noble, pero muy alejado del prestigio de los grandes héroes aqueos.

Aquí reside lo interesante de su posición. Frente a un Aquiles, hijo de la diosa Tetis, o un Agamenón, descendiente de la casa de Atreo, Tersites ocupaba un lugar marginal dentro de la jerarquía militar. Esa condición periférica en el contexto aristocrático del ejército aqueo le permitió adoptar una perspectiva crítica que otros no podían —o no querían— expresar debido a las exigencias de la virtud aristocrática. Robert Graves sugirió que este personaje podría representar una tradición más antigua de crítica social, un punto de vista que representara al pueblo, y que fue incorporada por Homero como contrapunto a la exaltación heroica dominante en el poema.

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Aquiles golpeando a Tersites en un sarcófago romano

¿Por qué se le considera el primer antihéroe de la literatura occidental?

Aquiles es bello, noble, valiente. La Ilíada lo celebra en todo momento, sin fisuras, del mismo modo que hace con Héctor o Diomedes. ¿Y Tersites? Homero, por el contrario, se ensaña con él: lo pinta feo, sin importancia social, de moral dudosa. Todo lo contrario del arquetipo aristocrático.

Pero es precisamente esta condición de outsider lo que le concede una libertad retórica que ningún otro personaje posee. Con su sarcasmo corrosivo, abrió camino a los antihéroes que poblarían la literatura siglos después. Aquiles se enfurece porque han herido su orgullo personal; Tersites, en cambio, estalla contra un sistema que considera injusto. Habla por los marginados. Critica el poder. Y lo hace públicamente, ante toda la asamblea.

Plantarse delante de Agamenón y decirle que la guerra no tiene sentido, que los caudillos carecen de legitimidad... eso no lo había hecho ningún personaje literario antes. Tersites inaugura algo, y por mucho que Homero se empeñe en cargar las tintas negativas contra él, ese algo estaba llamado a perdurar en la literatura occidental.

La voz del soldado común en Troya

El escenario de la guerra de Troya está dominado por Aquiles, Áyax, Odiseo y otros héroes de renombre. El soldado raso no pinta nada en esta historia. No tiene nombre, no tiene voz. Tersites es la excepción: pone palabras a lo que la tropa debía sentir pero callaba.

Los jefes se llevan el botín y la gloria. Él dice lo que nadie se atreve: esto es injusto. Cuando interviene en el Libro II, el poema se detiene. Por un momento, la épica deja de hablar de dioses y hazañas para ocuparse de cosas más pedestres: el cansancio de diez años de guerra, las ganas de volver a casa, la duda de si todo esto tiene algún sentido.

Tersites llama codicioso a Agamenón en su cara, le reprocha que acapare riquezas mientras el resto pasa penurias. Algunos académicos ven en Tersites una especie de revolucionario adelantado a su tiempo, alguien que denuncia la opresión de los de arriba. Quizá exageran y llevan a la Grecia de la Edad de Bronce algo que tardaría milenios en cuajar. Pero lo cierto es que su queja suena extrañamente actual.

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Aquiles y Agamenón en un mosaico de Pompeya

El discurso contra Agamenón

Pocos pasajes de la Ilíada resultan tan incómodos para el orden establecido como el discurso de Tersites. En el Canto II, cuando el rey de Micenas propone abandonar la guerra como estratagema para probar la moral de sus tropas, Tersites aprovecha la confusión para lanzar una diatriba mordaz contra el máximo líder aqueo.

Sus palabras destilan desprecio. Acusa a Agamenón de codicia y egoísmo, señalando que sus tiendas rebosan de bronce y mujeres cautivas —botines que debían compartirse entre todos los guerreros—. «¿Qué más quieres, hijo de Atreo?», increpa, cuestionando la legitimidad de continuar el asedio. Y va más lejos: sugiere que los soldados comunes deberían abandonar a sus líderes, regresar a sus hogares y dejar que la aristocracia resuelva sola el conflicto que ella misma inició.

Decir esto en una sociedad donde la obediencia y el honor lo eran todo requería agallas. O inconsciencia. El discurso deja al descubierto grietas sociales que el poema épico prefiere no mirar de frente, tensiones entre clases que la narrativa heroica suele barrer debajo de la alfombra.

La respuesta de Odiseo

Tersites termina de hablar. ¿Y qué hace Odiseo, el gran héroe que fue merecedor de todo un poema épico para él? No le rebate. No le explica por qué se equivoca. Va directo a la humillación y los golpes. Recurre directamente a la humillación pública y la violencia física.

Homero relata cómo Odiseo lo golpea con el cetro en la espalda y los hombros, provocándole un cardenal doloroso y lágrimas de vergüenza. Las tropas celebran la agresión con risas. Incluso aquellos soldados que podrían identificarse con las quejas de Tersites han interiorizado las normas aristocráticas que legitiman su propia subordinación.

Más significativo resulta el discurso que acompaña los golpes. Odiseo lo acusa de ser «el más vil» de los aqueos, descalificándolo no por el contenido de sus críticas, sino por su posición social inferior. Le advierte que nunca más se atreva a pronunciar los nombres de los reyes en sus «insolentes discursos», con amenazas de castigos aún más severos si vuelve a alzar la voz. La escena lo dice todo sobre cómo funciona el poder aristocrático: fuerza bruta cuando hace falta, y control férreo sobre quién puede hablar y quién tiene que cerrar la boca.

Tersites no es el único personaje homérico que sufre por la cólera y la soberbia de Odiseo. También Palamedes, este sí un noble representado por Homero con elementos positivos, sufrió las consecuencias de enfrentarse al rey de Ítaca y pagó por ello con su vida. Es curioso cómo Odiseo ha pervivido en la tradición occidental como un héroe aristocrático mientras estos personajes que se enfrentaron a él han corrido una suerte muy diferente. 

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Tersites en un grabado de la obra de Shakespeare Troilo y Crésida

El simbolismo del cetro

Odiseo no golpea a Tersites con cualquier palo. Usa el cetro de Agamenón, y eso importa. Homero se había tomado la molestia de contarnos la historia de ese objeto: lo forjó Hefesto, pasó por las manos de Zeus, fue heredado por generaciones de reyes hasta llegar al Atrida. Es poder divino hecho materia. Quien lo sostiene gobierna con el aval de los dioses.

Golpear a Tersites con ese cetro no es solo violencia. Es un ritual. Le están diciendo: has osado cuestionar un orden sagrado, y el cosmos entero te castiga. La rebeldía del feo se convierte así en sacrilegio, en ofensa contra los cimientos del mundo.

Hay una contradicción reveladora en todo esto. El mismo cetro que golpea a Tersites es el que Agamenón había utilizado momentos antes para convocar la asamblea. El símbolo que teóricamente garantiza la deliberación colectiva sirve como instrumento de represión contra quienes cuestionan las decisiones de la élite.

La descripción física de Tersites

Homero no le ahorra nada: Tersites es «el hombre más feo que llegó a Troya». Homero lo describe con hombros curvados, cráneo picudo y medio calvo, piernas zambas, bizco y cojo. El poeta se recrea en los defectos. ¿Por qué tanta saña? Los griegos creían en la kalokagathia: el cuerpo hermoso refleja un alma virtuosa. Si eres deforme, algo malo hay en ti.

Antes de que Tersites abra la boca, ya sabemos que es un villano. Su fealdad lo condena de antemano. En la Grecia antigua, la armonía física equivalía a excelencia moral; la deformidad, a tacha ética. Su condición de patizambo lo conecta simbólicamente con figuras marginales como el propio Hefesto, el dios herrero —también cojo—, cuya relación con el fuego lo situaba en los límites de la civilización.

Este retrato tan cruel sirve a un propósito: el público identifica de inmediato a Tersites como bufón, como impertinente. Cualquier castigo que reciba parecerá merecido. La deformidad opera como mecanismo de control social dentro del propio texto.

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Aquiles en un relieve conservado en el Museo del Louvre

El contraste con Aquiles

Aquiles es todo lo que Tersites no es. Hermoso como un dios —su madre era una diosa, al fin y al cabo—, encarna la perfección física que los griegos asociaban con la virtud. Es el héroe por excelencia: fuerte, valiente, glorioso en el combate. Tersites, con su cuerpo roto y su posición miserable, funciona como negativo fotográfico del ideal aristocrático.

Pero hay algo curioso. Ambos se rebelan contra Agamenón. La famosa cólera de Aquiles, que abre el poema, y las invectivas de Tersites nacen del mismo impulso: desafiar al poder. La diferencia está en cómo trata Homero cada rebelión. La de Aquiles es trágica, digna, materia de canto épico. La de Tersites da risa.

¿Por qué? Porque Aquiles es príncipe y Tersites es don nadie. En el universo homérico, el derecho a la disidencia está ligado al estatus social. No todos pueden permitirse cuestionar a los poderosos.

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Aquiles y Pentesilea en un relieve de época helenística

La muerte de Tersites y su aparición en la literatura posterior a Homero

Tras esta intervención en contra de Agamenón y su violento final a manos de Odiseo, Homero no vuelve a decir nada acerca de Tersites. No sabemos si combatía junto a sus compañeros, si era valeroso o cobarde, si era buen lancero o diestro con la espada. Una vez cumplida su función de hacer de contrapunto de los héroes y de introducir un alivio cómico, el poeta no vuelve a necesitarlo, de modo que no sabemos nada más de él. 

Sin embargo, todo apunta a que los poemas perdidos del ciclo troyano sí ampliaban la historia de de Tersites, ya que algunas obras tardías, como el perdido poema Etiópida, se nos cuenta cómo fue su final. Tras la llegada a Troya de las amazonas, su reina Pentesilea combatió con Aquiles, y el caudillo de los mirmidones le dio muerte. Pero cuando le quitó el casco a la guerrera, el hijo de Peleo quedó prendado de su belleza y se enamoró de la reina moribunda hasta el punto de que lloró por ella. En ese momento apareció Tersites para cumplir una vez más un papel mezquino y ridículo: se burló de Aquiles y de su sufrimiento ante la muerte de una enemiga. El señor de los mirmidones no lo dudó dos veces: se fue hacia Tersites y lo mató a golpes. Algunas versiones cuentan incluso que Tersites llegó a arrancarle los ojos al cadáver de Pentesilea, fascinado con su color, y que fue esta profanación del cuerpo de la reina lo que llevó a Aquiles a matarlo.