El Juicio de Paris: la manzana de la discordia que originó la Guerra de Troya

El Juicio de Paris fue una disputa entre las diosas Hera, Atenea y Afrodita para dirimir cuál de ellas era la divinidad más hermosa después de que Zeus encargara a este pastor troyano que fuera árbitro de la discusión.
Imagen
Las tres diosas en el Juicio de Paris visto por Rubens
Marcos Ribas Pérez | Jue, 08/07/2025 - 09:01
Comentar: 0

El Juicio de Paris es uno de los momentos más importantes de la mitología griega: el instante en el que una simple manzana ocasionó una guerra que conmocionó al mundo de dioses y mortales. Una manzana, un joven pastor troyano y tres diosas que competían para saber cuál de las tres era la más bella. 

El origen del conflicto: la manzana de oro en el banquete de Tetis y Peleo

Todo comenzó con la fiesta de bodas entre la nereida Tetis y el mortal Peleo. Una nereida deslumbrante casándose con un rey mortal, con todos los dioses del Olimpo como invitados. Zeus había orquestado este matrimonio porque, según una profecía bastante inquietante, el hijo de Tetis sería más poderoso que su padre. El señor del Olimpo, siempre receloso de que algún dios de la siguiente generación pudiera hacerle lo que él le había hecho a su padre Cronos pensó que mejor que ese retoño fuera hijo de un mortal que suyo o de otro dios. El oráculo, por supuesto, se cumplió, ya que de ese matrimonio nacería Aquiles, el héroe más grande de su generación. 

Sin embargo, lo que prometía ser un feliz acontecimiento de celebración, acabó siendo la semilla de una enorme desgracia, ya que Zeus se olvidó de invitar a una divinidad. 

El papel de Eris, la diosa de la discordia, en el inicio del conflicto

Imagen
La manzana de la discordia, de Jordaens

Eris, la diosa de la discordia, no fue invitada a la boda junto al resto de divinidades, y esta, furiosa, tramó su venganza magistral. Se coló en la fiesta y lanzó una manzana dorada con una inscripción que decía "para la más hermosa". ¿Pero quién era la más hermosa? ¿Quién era la diosa digna de alzarse con tal título? Hera, Atenea y Afrodita saltaron como resortes reclamando el premio. Cada una estaba convencida de ser la merecedora. Pronto empezaron las discusiones, y las tres diosas no tardaron en volverse hacia Zeus a la espera de que este dirimiera la disputa. 

La difícil decisión de Paris: elegir entre las tres diosas más poderosas

Zeus, astuto como siempre y deseando evitar un conflicto de intereses, se lavó las manos del asunto. "Que lo decida un mortal", dijo, y señaló a Paris, un pastor que apacentaba sus rebaños en el monte Ida. El muchacho era príncipe de Troya, aunque él ni lo sabía. Sus padres lo habían abandonado de bebé por una profecía que decía que destruiría la ciudad: su madre, la reina Hécuba, había soñado que daba a luz a un tronco en llamas y que el fuego se extendía por toda Troya, arrasándola. Pero el chico había sobrevivido y se había criado como pastor en el monte Ida, ignorando su noble linaje. 

Por orden de Zeus, el dios Hermes, el mensajero de los dioses, tomó la manzana, y partió veloz hacia el monte Ida. El hijo de Zeus y Maya entregó el fruto al joven y le anunció que ante él aparecerían tres diosas, de las cuales tendría que designar cuál era la más bella. 

¿Cómo transcurrió el juicio de Paris en el Monte Ida y qué ofreció cada diosa?

Por supuesto, las diosas no iban a jugar limpio limitándose a mostrar sus encantos al pastor. Cada una sacó sus artes de seducción y le ofreció a Paris una recompensa increíble en el caso de ser la elegida. 

La promesa de Hera: poder y riquezas para el príncipe troyano

Hera fue directa al grano. La reina del Olimpo sabía lo que mueve a los mortales: dinero y poder. Hera le prometió a Paris convertirse en el mortal más rico y poderoso, un emperador con centenares de pueblos bajo su mando, con la capacidad de levantar en armas decenas de miles de soldados. Para un pastor que no sabía que era príncipe, la oferta sonaba a cuento de hadas. Hera jugaba fuerte, apelando a la ambición que todos llevamos dentro. 

Imagen
Las tres diosas del Juicio de Paris de Vouet

La oferta de Atenea: sabiduría y victoria en las batallas

Atenea, por su parte, apostó por algo diferente y de su propio ámbito. La diosa de la sabiduría le ofreció convertirlo en el hombre más listo y valiente del mundo, un conocimiento que podría aplicar a la estrategia en las batallas. Se convertiría en un erudito, pero también en el mejor general de todos los tiempos. En una época donde la gloria militar era lo máximo a lo que podías aspirar, la propuesta resultaba interesante. 

La propuesta tentadora de Afrodita: el amor de la mujer más hermosa

Y entonces llegó Afrodita con su as en la manga. Mientras las otras apelaban a la ambición y el orgullo, ella fue directa al corazón. Lo que la diosa del amor le ofreció a Paris fue el amor de la mujer más bella del mundo. Esa mujer mortal, en algún momento de su vida, se enamoraría de él perdidamente y lo abandonaría todo por estar a su lado. Paris, un hombre joven y vigoroso, no lo dudó ni un segundo. Le dio la manzana a Afrodita. El pastor no podía sospechar que esa mortal tan hermosa de la que hablaba Afrodita no era otra que Helena, la hija del rey de Esparta, que en un futuro no muy lejano atraería a todos los reyes y príncipes de la Hélade para pedirla en matrimonio. 

¿Qué consecuencias tuvo el juicio de Paris para Troya y Esparta?

Al conocer el veredicto de Paris, Hera y Atenea, como era de esperar, reaccionaron con ira. Juraron venganza contra Paris y contra toda Troya. Y cuando las diosas del Olimpo juran venganza cumplen su palabra, aunque tarden siglos en hacerlo. Lo que empezó como un concurso de belleza divino se convirtió en el preludio de una guerra de diez años que marcaría la historia para siempre.

Imagen
Juicio de Paris de Simonet

El rapto de Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta

En los años que siguieron al juicio de las tres diosas, la vida de Paris cambió por completo: descubrió que era un príncipe de Troya y su padre, el rey Príamo, lo acogió como a un hijo más olvidando el asunto del sueño profético que había tenido tiempo atrás. Y como príncipe de Troya, Paris empezó a asumir nuevas obligaciones, como las de visitar otras ciudades y reinos en representación de su padre el rey.

Y así, Afrodita, fiel a su palabra, llevó a Paris hasta Esparta. Menelao, el rey y marido de Helena, lo recibió como invitado en su casa. En aquellos tiempos, la hospitalidad era sagrada, un juramento que no podía romperse sin atentar contra todas las leyes de los dioses y los hombres. Pero Paris, con Afrodita susurrándole al oído, se olvidó por completo de este código. En cuanto Menelao se fue de viaje a Creta, nuestro príncipe troyano se llevó a Helena para convertirla en su esposa en Troya.

¿Fue amor verdadero? ¿Un hechizo de Afrodita? ¿Helena se fue por voluntad propia? Cada versión cuenta una cosa diferente, y quizás nunca sepamos la verdad. Lo que sí sabemos es que Paris se marchó con Helena y, de paso, con parte del tesoro real. 

Imagen
Las tres diosas del Juicio de Paris en un relieve del Aquileon de Corfú

La alianza de los reyes griegos para vengar el honor de Menelao

Menelao, cuando descubrió la traición, corrió a pedirle ayuda a su hermano Agamenón, el rey de Micenas y el soberano más poderoso de cuantos gobernaban en la Hélade. Cuando Helena era soltera, como hemos señalado, todos los príncipes y reyes griegos la habían pretendido, estando a punto de causar un enfrentamiento entre ellos. El rey Odiseo de Ítaca había propuesto que todos juraran defender al que se casara con ella si alguien intentaba quitársela, y al salir elegido Menelao todos quedaron ligados a él por este juramento. De este modo, Agamenón convocó a todos los reyes y príncipes que habían jurado para que lo acompañaran con sus ejércitos a Troya. Más de mil barcos se reunieron bajo el mando de Agamenón. Era la mayor flota que se había visto nunca, y todo por una mujer y un juramento hecho tiempo atrás. 

El inicio de la Guerra de Troya: el conflicto más famoso de la mitología

Lo que debía ser una expedición rápida para recuperar a Helena se convirtió en un asedio de diez años. Troya, con sus murallas impenetrables y su príncipe Héctor al frente de la defensa, no iba a caer fácilmente. Príamo, padre de Paris y rey de Troya, sabía que su hijo había cometido un crimen imperdonable, pero no iba a entregar a Helena así como así. El orgullo troyano también estaba en juego. Y así empezó la guerra que Homero inmortalizaría en la "Ilíada", con héroes combatiendo, dioses tomando partido y un caballo de madera que ha sido inmortalizado en multitud de mitos y leyendas. Todo porque un joven pastor eligió el amor sobre el poder y la sabiduría. 

Imagen
El Juicio de Paris de Rubens