Los amantes masculinos de Hércules o Heracles

Hércules o Heracles es el héroe de la mitología griega por antonomasia. Entre las muchas relaciones sexuales y amorosas que mantuvo, tuvo diversos amantes masculinos a los que llegó a querer con auténtica pasión
Imagen
Los amantes masculinos de Hércules o Heracles
Marcos Ribas Pérez | Sáb, 12/27/2025 - 09:06
Comentar: 0

Heracles —Hércules para los romanos— sobresale como uno de los héroes más reconocibles del imaginario griego. Su fuerza descomunal y los Doce Trabajos acaparan la mayor parte de la atención popular. Eso sí, hay una faceta de su leyenda que rara vez se menciona: sus amores con otros hombres. Para los griegos, este tipo de vínculos no tenían nada de extraño en un héroe; al contrario, entraban dentro de lo esperable e incluso de lo deseable para un hombre de su condición. 

¿Quién fue Hércules y qué dice la mitología griega sobre sus relaciones?

El origen de Heracles

El nacimiento de Heracles tiene todos los ingredientes del mito clásico. Zeus, rey del Olimpo, adoptó la apariencia del marido de Alcmena para acostarse con ella. De esa unión nació un semidiós dotado de fuerza sobrenatural. Hera, la esposa de Zeus, guardó rencor desde el primer día. No iba a perdonar semejante afrenta. La diosa persiguió a Heracles durante toda su existencia y llegó a provocarle un episodio de locura durante el cual el héroe asesinó a su primera esposa, Megara, junto con sus propios hijos. El crimen, aunque cometido sin voluntad, le pesó el resto de su vida. Euristeo, rey de Micenas, le impuso los Doce Trabajos como penitencia. Heracles obedeció y cumplió con sus misiones. 

Pero su historia no acaba ahí, ni se reduce a matar monstruos. También amó, y mucho. Tuvo esposas, amantes ocasionales —se cuenta que yació con las cincuenta hijas del rey Tespio en una sola noche—, y compañeros varones con los que mantuvo lazos duraderos. Los griegos no veían contradicción alguna en esto. Un héroe podía amar a hombres y a mujeres sin que ese resultara extraño.

Imagen
Escultura de Orestes y Pílades

La sexualidad griega: otro mundo, otras reglas

Para hacernos cargo de los amores masculinos de Hércules hay que olvidarse de las etiquetas que usamos hoy. Los griegos no clasificaban a las personas según su "orientación sexual" —ese concepto sencillamente no existía—. Las relaciones entre hombres, en particular las que unían a un adulto con un joven, formaban parte del tejido social y educativo de las clases aristocráticas. La identidad en Grecia no iba en absoluto ligada a la sexualidad. 

El modelo tenía nombre: pederastia, aunque el término ha adquirido connotaciones muy distintas con el paso de los siglos. El hombre mayor, llamado erastés, asumía la formación del joven, el erómeno. Le transmitía conocimientos, valores cívicos, técnicas guerreras. Este tipo de relaciones florecían especialmente entre guerreros y nobles. Que un hombre tuviera vínculos afectivos y eróticos con otro no le impedía casarse, tener hijos y mantener una vida familiar convencional.

Heracles encaja perfectamente en este patrón. Sus compañeros masculinos —desde su sobrino Yolao hasta el hermoso Hilas— aparecen en las fuentes clásicas sin el menor asomo de escándalo. Y no es que los griegos miraran para otro lado: al revés, veían en esos lazos una expresión de lealtad entre guerreros, de camaradería genuina. El veterano enseñaba al novato; el novato admiraba al veterano, y ambos disfrutaban además de relaciones físicas. Así se transmitía el oficio de las armas y los valores de la aristocracia.

Cómo leer las fuentes clásicas

Cuando uno se acerca a los textos antiguos que hablan de los amantes de Heracles, conviene pisar con cuidado. Plutarco, por ejemplo, menciona que el héroe tuvo numerosos compañeros masculinos, siempre desde una posición de protección y respeto que encajaba con los ideales aristocráticos. Los textos no presentan estas relaciones como algo excepcional ni transgresor; simplemente formaban parte de la vida de un héroe.

Hay que tener presente que muchas narraciones sufrieron modificaciones posteriores. Durante el período romano y, sobre todo, en la Edad Media, las actitudes hacia la sexualidad cambiaron radicalmente. Algunos pasajes fueron suavizados o reinterpretados. Por eso resulta arriesgado aplicar categorías modernas —"homosexualidad", "bisexualidad"— a realidades históricas que funcionaban con coordenadas distintas. Lo que sí podemos afirmar es que, en su contexto original, Heracles no contradecía su masculinidad por amar a otros hombres. Más bien la integraba en una concepción diferente de lo que significaba ser un héroe.

Imagen
Escultura conocida como el Hércules Farnesio

Yolao: el compañero de los Doce Trabajos

Un vínculo que trascendía el parentesco

De todos los amantes masculinos de Heracles, Yolao destaca por la profundidad y duración de su relación. Era hijo de Ificles, el hermano mortal del héroe, lo que lo convertía en su sobrino. Pero este parentesco no impedía —según la mentalidad griega— el desarrollo de un vínculo erótico y afectivo entre ambos.

Las fuentes coinciden en presentar a Yolao como el erómeno más constante y leal de Heracles. La relación encarnaba el ideal griego de las parejas masculinas: el mayor ofrecía protección, experiencia y conocimiento; el más joven correspondía con admiración, lealtad y compañía. Este vínculo iba mucho más allá de lo físico. Ambos compartían el campo de batalla, las decisiones cotidianas, las alegrías y los duelos.

Plutarco los describe como un modelo de virtud y fidelidad. Cuando Heracles murió y ascendió al Olimpo, Yolao siguió honrando su memoria y difundiendo su culto. La tradición cuenta que el héroe tomó a su sobrino como compañero desde muy joven, instruyéndolo en las artes de la guerra y llevándolo consigo en cada aventura.

Juntos contra la Hidra

La colaboración de Yolao durante los Doce Trabajos ofrece el ejemplo más tangible de cómo funcionaba esta pareja. Cuando Euristeo ordenó a Heracles acabar con la Hidra de Lerna —aquel monstruo cuyas cabezas se regeneraban al ser cortadas—, el héroe se encontró ante un problema técnico considerable. Cada vez que cercenaba una cabeza, brotaban dos nuevas.

Fue Yolao quien encontró la solución. Heracles golpeaba con la maza o cortaba con la espada, y el muchacho corría detrás quemando los muñones con una antorcha para que no rebrotaran. Un trabajo de equipo perfectamente engrasado. ¿Una pareja de baile macabro? Quizá. Lo cierto es que muchos han querido ver ahí un símbolo de lo que aportaba cada uno: la fuerza del mayor, el ingenio rápido del joven. Juntos logran lo que ninguno conseguiría por separado.

Yolao aparece también en otros trabajos: la captura del Toro de Creta, la limpieza de los establos de Augías, la lucha contra el León de Nemea. Las representaciones artísticas —cerámicas, esculturas, relieves— lo sitúan frecuentemente junto a Heracles, lo cual revela la importancia que la tradición concedía a esta relación. No era un simple ayudante: era el testigo de las hazañas, la memoria viviente del héroe, su apoyo emocional en los momentos más difíciles.

Imagen
La Hidra de Lerna y su enfrentamiento con Hércules en una obra de Zurbarán

Un culto compartido

En Tebas, la ciudad donde nació Heracles, había un gimnasio llamado Yolaeion. Estaba dedicado a los dos, héroe y amante juntos. Los atletas jóvenes acudían allí a entrenar y a rendir homenaje a esa pareja que veían como ejemplo de lo que debía ser un hombre: fuerte, leal, excelente en cuerpo y espíritu. Que la polis levantara un edificio público para honrar esta relación dice mucho de cómo la valoraban.

Las fuentes hablan de un juramento que los guerreros pronunciaban ante el altar de ambos: prometían protegerse el uno al otro en combate. Lo llamaban "el juramento de los amantes sagrados". El amor entre hombres no era, pues, un asunto privado que hubiera que esconder. Tenía su lugar en los templos, en las ceremonias cívicas, en la vida pública. Después de que Heracles muriera y subiera al Olimpo, Yolao dedicó sus últimos años a difundir su culto por toda Grecia, fundando altares aquí y allá. Hay quien interpreta todo esto como una manera de dar legitimidad oficial a los vínculos homoeróticos entre la aristocracia guerrera. La lealtad entre compañeros de armas era un valor supremo, y el amor lo cimentaba.

Imagen
Mosaico que muestra a Hércules con Yolao

Hilas: el más bello de los amantes masculinos de Hércules

El rapto de las ninfas

Yolao fue el compañero estable; Hilas, en cambio, representa otra cosa: la belleza que deslumbra y se pierde. Su historia ha cautivado a poetas y pintores durante siglos. Tiene todos los ingredientes de una buena tragedia griega: amor apasionado, criaturas sobrenaturales, un final sin consuelo.

Hilas era hijo del rey Tiodamante. Heracles mató a su padre durante una disputa y, como compensación o quizá movido por la atracción, tomó al joven bajo su protección. Pronto se convirtieron en amantes. Hilas acompañó a Heracles en la expedición de los Argonautas, aquella búsqueda del Vellocino de Oro que reunió a los mayores héroes de Grecia en una sola nave.

El episodio trágico ocurrió cuando el Argo atracó en las costas de Misia, en la actual Turquía. Enviaron a Hilas a buscar agua dulce con una jarra de bronce. Al acercarse a un manantial, las ninfas que habitaban aquellas aguas quedaron prendadas de su belleza. Lo atrajeron hacia las profundidades y nunca más se le volvió a ver.

Heracles, al descubrir su ausencia, enloqueció de dolor. Abandonó la expedición —nada menos que la búsqueda del Vellocino— para recorrer los bosques y montañas de Misia gritando el nombre de su amado. Esta imagen del héroe invencible reducido a la desesperación por la pérdida de un muchacho humaniza profundamente al personaje. No hay monstruo ni ejército que pueda herirlo, pero el amor sí lo hace vulnerable.

Imagen
El rapto de Hilas por las ninfas imaginado por Waterhouse

Lo que cuentan los poetas

Teócrito, en su Idilio XIII, describe la relación con una intimidad notable: "Heracles nunca estuvo separado de Hilas... y le enseñó todo lo que él mismo había aprendido y que le había hecho un hombre excelente y famoso". La frase encaja con el modelo del erastés que forma al erómeno, pero la intensidad emocional que transmite el texto va más allá del mero deber pedagógico.

Apolonio de Rodas, en su Argonáutica, insiste en el desconsuelo del héroe. Describe a un Heracles que arranca árboles de cuajo mientras busca a Hilas, que amenaza a los habitantes locales si no le devuelven al joven, que se niega a aceptar la evidencia de su desaparición. Este retrato contrasta radicalmente con la imagen habitual del semidiós: el guerrero impasible, capaz de afrontar cualquier prueba sin inmutarse. La pérdida de Hilas lo quiebra.

Otros autores —Valerio Flaco, Propercio— recogieron la misma historia, enfatizando siempre la reacción de Heracles. Algunas versiones afirman que juró no abandonar Misia hasta encontrar a su amado, y que los habitantes de la región celebraban un festival anual en el que recorrían los campos llamando a Hilas, perpetuando ritualmente el dolor del héroe.

Imagen
El rapto de Hilas en un mosaico del Palacio Massimo alle Terme

Otros amantes masculinos de Heracles

Hilas y Yolao son los más célebres, pero las fuentes mencionan a otros compañeros. Abdero, un joven de Locris, acompañó a Heracles durante la captura de las yeguas de Diomedes, aquellas bestias que se alimentaban de carne humana. Mientras el héroe luchaba contra el rey tracio, dejó a Abdero vigilando los animales ya capturados. Las yeguas lo devoraron. Heracles, destrozado, fundó la ciudad de Abdera en su memoria y estableció juegos fúnebres que se celebraron durante generaciones.

Néstor, el anciano sabio de la Ilíada, habría sido amante de Heracles durante su juventud, cuando el héroe visitó Pilos. Esta conexión añade una dimensión interesante a la figura del rey que años después aconsejaría a los griegos en Troya.

Elacatas, un joven espartano, dejó su huella en el culto de la Laconia, donde Heracles recibía veneración bajo ese epíteto y donde existía un gimnasio en su honor. Admeto, más conocido por su relación con Apolo y por la historia de su esposa Alcestis, aparece en algunas fuentes como amante juvenil del héroe. Filoctetes, heredero del famoso arco de Heracles, habría mantenido también una relación íntima con él, lo cual explicaría que el héroe le confiara sus armas antes de su apoteosis en el monte Eta.

Ninguna de estas relaciones contradecía la virilidad de Heracles ni sus matrimonios con mujeres. Los griegos no veían incompatibilidad alguna. Al contrario: amar a muchachos formaba parte de lo que se esperaba de un héroe, de un mentor. Y cuando esos amantes morían —Abdero devorado, Hilas arrastrado por las ninfas—, el dolor de Heracles recordaba que ni el hombre más fuerte del mundo era inmune al sufrimiento.

Llama la atención que varios de estos amantes acabaran vinculados a lugares de culto, a ciudades fundadas en su honor, a gimnasios donde los jóvenes entrenaban bajo su advocación. Los griegos no separaban el amor de la religión ni de la vida cívica como hacemos nosotros. Estas historias, que nos han llegado en fragmentos dispersos, muestran una forma de entender la masculinidad muy distinta de la nuestra. Para Heracles, querer a otros hombres no menguaba su fama ni su hombría. Era, sencillamente, parte de lo que significaba ser quien era.

Imagen
Hilas, amante de Heracles en una escultura neoclásica