La leyenda del Mictlán: el lugar del descanso eterno en la mitología azteca y su relación con el Día de Muertos

En la mitología mexica el Mictlán era el Inframundo donde las almas de los muertos alcanzaban el descanso eterno después de haber superado una serie de pruebas en nueve escenarios diferentes.
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El Mictlán según el Códice Borgia
Marcos Ribas Pérez | Vie, 08/22/2025 - 22:53
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El Mictlán era el inframundo de la mitología mexica, el lugar donde iban las almas de los muertos tras pasar una serie de pruebas. Los antiguos pueblos mesoamericanos decían que los propios dioses habían creado este lugar como hogar final para los espíritus que se iban. El camino al Mictlán estaba compuesto por nueve niveles repletos de desafíos que reflejan la manera en la que los pueblos de Mesoamérica tenían de ver la muerte. Para ellos no era un punto final, sino más bien una transformación, un capítulo nuevo en ese viaje hacia el descanso que todos los mortales emprendemos. 

¿Qué es el Mictlán y cuál es su importancia en la cultura mexica?

Origen y significado del Mictlán en la cosmovisión azteca

El nombre del Mictlán viene del náhuatl y quiere decir "lugar de los muertos". Los códices que sobrevivieron a la destrucción sistemática de la cultura azteca, como el Códice Borgia, nos cuentan que los dioses crearon este reino bajo tierra para recibir a casi todos los que dejaban este mundo.

Los mexicas se lo imaginaban como un lugar oscuro, eso sí, pero no como un sitio donde te castigan por los siglos de los siglos. Las almas que llegaban ahí buscaban descansar de una vez por todas después de un viaje lleno de pruebas que era en realidad un proceso de limpieza espiritual necesario tras la vida mortal y antes del descanso eterno. 

Para los mexicas las reglas estaban bien claras: si te morías de viejo, de enfermedad o por causas naturales, tu destino era directo al Mictlán. Los que morían ahogados o los niños muy pequeños tenían otro destino, pero el Mictlán era lo que esperaba a la mayoría de los mortales. Y vigilando todo el proceso estaban Mictlantecuhtli y su esposa Mictlancihuatl, que representaban esa dualidad masculino y femenino tan característica de cómo pensaban los pueblos originarios.

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El Mictlán según el Códice Borgia

El Mictlán como parte fundamental de la vida y muerte en la cultura prehispánica

Para los aztecas, el Mictlán no era solamente un lugar al que ibas después de la muerte. Era algo que influía en cómo vivías cada día, ya que los aztecas pasaban toda su vida cotidiana preparándose para ese último viaje.

Los códices aztecas nos cuentan que el viaje duraba cuatro años completos- cuatro años de caminar mientras el alma pasaba por todo tipo de  pruebas. Este concepto del tiempo nos enseña lo profundo y complejo que era su mundo espiritual. Los mexicas le daban mucha importancia a los rituales funerarios: preparaban ofrendas con la comida favorita del difunto, pulque fresco y las cosas que más quería en vida, pues todo ello era esencial para ayudar al alma del difunto a realizar su viaje al Mictlán de forma adecuada.

Dentro de estos rituales, la obsidiana, esa piedra negra que brilla como espejo, era muy importante, ya que creían que ayudaba a pasar ciertas puertas místicas en el camino. Los códices están hasta llenos de historias sobre los retos para llegar al Mictlán, y por eso las familias se dedicaban en cuerpo y alma preparando a sus muertitos, tal y como todavía se dice en el México moderno. Pero no lo veían como una carga pesada, sino que era su manera de decir un último "te quiero" y "que llegues con bien", asegurándose de que su ser querido llegara sano y salvo a ese lugar del que tanto hablaban los ancianos.

Diferencias entre el Mictlán y otros inframundos donde van los muertos

El Mictlán tenía su propio sentido dentro de la mitología y las creencias mesoamericanas. Mientras que el Hades de los griegos era un espacio impersonal y el Duat de los egipcios funcionaba como tribunales donde te juzgaban por todo lo que hiciste, el Mictlán era más tranquilo y sin castigos. Era simplemente el destino natural dentro del orden del universo azteca.

En otras culturas, el más allá podía ser premio o castigo eterno, pero para los mexicas era simplemente donde llegaba la mayoría, sin importar tu comportamiento en vida. Esta forma de verlo nos dice mucho de su cultura: entendían el tiempo y la existencia como algo que da vueltas, no como una línea recta con principio y fin marcados.

La estructura también era única en su tipo: nueve niveles hacia abajo, cada uno con sus propios retos, mientras que otros inframundos se organizaban de lado a lado o según tu comportamiento. Además, los mexicas creían con todo su corazón que los muertos podían visitar el mundo de los mortales durante ciertas fechas, manteniendo ese lazo entre ambos mundos que se sigue celebrando hoy cada vez que llega noviembre y se celebra el Día de Muertos, una de las fechas más importantes de la cultura mexicana.

Un elemento muy interesante era el xoloitzcuintle, un perrito sin pelo que guiaba a las almas y las ayudaba a llegar hasta el último nivel de Mictlán, el  destino final del viaje.

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El Mictlán según el Códice Borgia

¿Cuáles son los nueve niveles del viaje al Mictlán y qué pruebas enfrentan los difuntos?

El primer nivel: cruzando el río Apanohuaia con la ayuda del xoloitzcuintle

La aventura hacia el Mictlán arrancaba con el reto de cruzar el río Chiconahuapan (también le decían Apanohuaia), que separaba el mundo de los mortales del reino de los muertos. Este río bravo era como el primer examen, el inicio de las pruebas que iban a limpiar el alma para que pudiera descansar como se debe.

Y aquí entra en escena el xoloitzcuintle, ese perro sin pelo que los antiguos mexicanos adoraban casi como a un dios. Las leyendas contaban que este perro especial tenía el don de ver a los muertos y guiarlos a través de las aguas embravecidas. Pero aquí había truco: los textos de los códices dicen que el xolo (así le llaman todavía hoy en México) te evaluaba antes de ayudarte. Si en vida fuiste buena persona con los perros, te ayudaba sin pensarlo dos veces; si no, podía incluso negarse a acompañarte. Esta primera prueba nos enseña algo importante: los mexicas valoraban muchísimo cómo tratabas a los animales, y en concreto a los perros. Por eso las familias enterraban figuritas de xolos hechas de barro o de obsidiana junto con sus difuntos, o las ponían en los altares con mucho cuidado. En los códices aparecen estos perros pintados de rojo sangre o negro profundo, colores que representaban el fuego que purifica y las profundidades misteriosas del más allá.

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Xoloitzcuintle el perro guía del Mictlán

Las pruebas de los ocho collados, el valle de la muerte y los peligros del viaje

Después de librarte del río, el alma se topaba con lo que los mexicas llamaban los ocho collados - básicamente ocho pares de cerros que tenías que atravesar en este viaje épico rumbo al descanso eterno. Cada una de estas montañas traía sus propios retos que ponían a prueba el cuerpo y el espíritu, diseñados para ir quitándole al muerto las ataduras con su vida pasada.

Una de las más temidas era Itzehecayan, que traducido sería algo así como "el lugar del viento de obsidiana". Ahí soplaban vientos con filos tan afilados que cortaban como navajas de afeitar recién sacadas de la caja. En este punto, la obsidiana no era solo una ofrenda bonita- se convertía en sufrimiento puro que te purificaba hasta los huesos.

En otro de los niveles caían rocas enormes sin parar, como si el cielo se estuviera desmoronando, tratando de aplastar al pobre viajero por toda la eternidad. Los mexicas describían con pelos y señales cómo cada nivel te sometía a temperaturas extremas: fríos que te congelaban hasta el tuétano, calores que te derretían el alma, obligándote a aguantar con todo tipo de tormentos que te iban despegando de tu vida anterior hasta el punto de que ibas perdiendo piel y carne y te convertías en un mero esqueleto.

Los códices están repletos de dibujos de almas esquivando serpientes venenosas del tamaño de anacondas, bestias con colmillos como dagas y ríos de sangre espesa. También tenías que cruzar nueve ríos diferentes, cada uno con su propia forma de limpiarte por dentro. Con razón decían que el viaje duraba cuatro años completos - era el tiempo necesario para que el alma se desprendiera totalmente de lo que fue y estuviera lista para el descanso que tanto había buscado.

El noveno nivel antes de llegar al Mictlán

Tras superar todas esas pruebas que te dejaban molido, el alma por fin llegaba al noveno y último nivel del inframundo azteca. Este destino final, llamado Chicunamictlan o "noveno lugar de los muertos", era el verdadero Mictlán, ese lugar de paz absoluta que tanto habían buscado después de caminar hasta que se te cayeran los pies.

Aquí por fin te encontrabas enfrente de Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl, los jefes supremos del reino de los muertos. En los códices, Mictlantecuhtli sale como un esqueleto con ojos que brillan como luceros y adornos de papel amate. Este dios recibía a las almas cansadas en su palacio donde la oscuridad era tan espesa que la podías cortar con cuchillo.

Las pinturas antiguas nos muestran este lugar como un espacio de calma total, donde las almas por fin dejaban atrás su identidad individual para fundirse con la energía del universo entero. Los mexicas creían que al llegar aquí, el viajero le entregaba a los dioses todas las cositas que había cargado en el camino: telitas bordadas con amor, herramientas de obsidiana pulida y otros elementos rituales que sus familiares habían puesto en su tumba con tanto cariño. Era como el último intercambio entre lo que puedes tocar y lo que existe más allá.

Para los mexicas, en este nivel las almas experimentaban algo así como fundirse en el todo. Pero no desaparecían como si nada - más bien se transformaban, su esencia se mezclaba con el flujo del universo y eventualmente alimentaba nuevas formas de vida, como cuando las hojas caídas nutren la tierra. Era su manera de entender ese círculo sin fin donde muerte y nacimiento se dan la mano como viejos compadres.

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Nivel desértico del Mictlán

¿Quiénes son los dioses y seres que habitan el inframundo mexica?

Mictlantecuhtli y la señora de la muerte: los dioses de la muerte

En el trono del inframundo azteca mandaban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl (también conocida como Mictlancihuatl), la pareja divina que tenía el gobierno del Mictlán. Mictlantecuhtli, que se traduce como "Señor del lugar de los muertos", sale en los códices como un esqueleto bien flaco o un ser con un cráneo por cabeza, siempre luciendo sus ojos que brillan como brasas, pelo negro como la obsidiana y ropajes de papel ritual que hacían ruido cuando se movía.

Su figura imponente daba respeto: representaba esa muerte que nadie puede esquivar, pero también la transformación y la posibilidad de volver a nacer de otra forma. Los artistas mexicas lo pintaban con garras en lugar de manos normales y un collar hecho de ojos humanos - señal de que podía ver en todas las dimensiones, desde nuestro mundo hasta los rincones más escondidos del cosmos.

Su esposa, la Señora de la Muerte, equilibraba el aspecto masculino con su poder femenino que era igual de impresionante. Para los mexicas, estos dioses no eran personajes negativos, sino que eran fuerzas naturales tan necesarias como la lluvia o el sol para mantener todo en su lugar. Tenían su propio templo en el centro de Tenochtitlan donde los sacerdotes hacían rituales muy elaborados para mantenerlos contentos.

Las leyendas les dan un papel muy importante en la historia de la creación: según cuentan las historias, Mictlantecuhtli fue quien entregó los huesos de seres antiguos que, mezclados con sangre de los dioses, dieron vida a la humanidad actual. Desde el propio principio, muerte y vida han sido como las dos caras de la misma moneda.

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Calaveras del Mictlán y el Día de Muertos

Guardianes y criaturas que protegen los diferentes niveles del Mictlan

El sendero al Mictlán estaba lleno de criaturas sobrenaturales que tenían lugares específicos en la geografía espiritual del inframundo azteca. Entre los más aterradores estaban los ahuizotl, unos seres que eran mitad perro y mitad mono. Las leyendas cuentan que vivían principalmente en las zonas con agua del más allá, esperando pacientes como pescadores de almas. Estas criaturas arrastraban a las almas distraídas hacia lo más profundo, donde las atormentaban sin descanso. También estaban los tzitzimime, seres esqueléticos con garras filosas  que vigilaban las fronteras entre niveles como guardias de seguridad sobrenaturales, asegurándose de que ningún alma pudiera regresarse o saltarse pasos.

Particularmente escalofriante era Ahuizotecutli, el guardián de las aguas del Mictlán, que era como el juez que decidía si los muertos tenían derecho a seguir su camino o se quedaban atrapados para siempre en algún punto. En Itzehecayan, donde soplaban esos vientos cortantes hechos de obsidiana, habitaban serpientes hechas de sombra pura que se mezclaban con las corrientes afiladas para hacer el sufrimiento más intenso.

Cada guardián representaba diferentes aspectos del viaje según los mexicas y tenía su función específica de purificación. Lo curioso es que los aztecas creían que algunos de estos seres podían calmarse si les dabas las ofrendas correctas - por eso los rituales funerarios incluían objetos específicos para cada parada del camino. Estos guardianes no eran malvados nomás en sí, sino que eran los encargados de mantener todo en orden, limpiando las almas mientras avanzaban poco a poco hacia esa paz eterna que todos buscaban.

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Flores del día de muertos y el Mictlán

Relación del Mictlán con el Día de Muertos: Un Legado Ancestral

El Mictlán, es uno de los cimientos espirituales más profundos de la actual celebración de Día de Muertos en México. Para los antiguos aztecas, este lugar no era ningún infierno de fuego y azufre, sino simplemente el destino natural de las almas después de dejar este mundo. Con sus nueve niveles que tomaban cuatro años largos en recorrerse, el Mictlán representaba una etapa fundamental en cómo los mesoamericanos entendían la vida y la muerte. Esta idea del más allá como algo que continúa, no como un portazo final, sigue latiendo en la fiesta de muertos, donde la muerte no espanta sino que es vista como parte natural del ciclo que todos vivimos. 

Cuando llegaron los españoles y se produjo ese violento encuentro de mundos tan intenso, las creencias indígenas sobre el Mictlán se fueron mezclando con las tradiciones católicas, creando el Día de Muertos que hoy se celebra. Muchos elementos de la celebración moderna tienen conexiones directas con el pensamiento de los pueblos prehispánicos.

Los caminos de pétalos de cempasúchil que se hacen, por ejemplo, son como un eco de ese viaje complicado que las almas hacían hacia el Mictlán. Ahora son senderos dorados y perfumados que guían a los muertos de regreso a casa en estas fechas tan especiales. Las ofrendas repletas de comida, agua y hasta tequila dan alimento y cobijo a los visitantes del más allá, tal como necesitaban provisiones para enfrentar los retos de aquellos nueve niveles del inframundo mexica.

La conexión entre el Mictlán y el Día de Muertos nos muestra cómo México ha sabido guardar su herencia ancestral a través de una fiesta que abraza varias tradiciones al mismo tiempo. Aunque por fuera vemos cruces, veladoras y rezos católicos, en el corazón late esa idea azteca de la muerte como transformación, como metamorfosis.

Hasta la época del año cuando se celebra, justo cuando se acaba la temporada de cosechas, refleja esa creencia antigua de que en ciertos momentos las barreras entre el Mictlán y nuestro mundo se vuelven más delgadas, casi transparentes. Por eso cada noviembre, cuando se encienden veladoras que danzan con el viento, se arman ofrendas con amor y se visitan los panteones con flores, los mexicanos renuevan el ser parte de una práctica cultural que lleva miles de años viva. El antiguo Mictlán sigue aquí, recordándonos con su voz de siglos que morir no es llegar al final del camino - es ser parte de un viaje espiritual mucho más grande y hermoso de lo que podemos imaginar.

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Máscara del Mictlán y el Día de Muertos