Homosexualidad en la mitología griega: amor y relaciones entre hombres en la Antigua Grecia

La homosexualidad en la mitología griega fue una constante que se plasmó en numerosos mitos que narran historias de amor entre dos hombres, ya fueran ambos dioses o dioses y mortales
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Aquiles y Patroclo: homosexualidad en la mitología griega
Marcos Ribas Pérez | Mié, 11/26/2025 - 11:14
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Cuando hablamos de homosexualidad en la mitología griega, entramos en un terreno donde las etiquetas que usamos hoy se desmoronan y caemos el riesgo de aplicar categorías modernas a conceptos ajenos a nuestro mundo. Los griegos experimentaban el amor y el deseo y construían todo lo relativo a la sexualidad de formas que no encajan en nuestras casillas mentales. Las relaciones entre hombres no solo no eran ningún escándalo ni algo que se escondiera bajo la alfombra, sino que en algunos momentos y ciudades fueron incluso vistas como algo positivo y deseable. Estaban presentes en la política, en cómo educaban a los jóvenes, en la formación militar y personal. Por supuesto, todo esto tuvo un reflejo en todas esas historias que contaban sobre sus dioses caprichosos y sus héroes torturados, haciendo que la homosexualidad estuviera presente en una enorme cantidad de mitos. Homosexualidad masculina, claro, ya que el mundo griego fue también una sociedad profundamente machista en la que una relación sexual entre mujeres sin que el varón jugara papel alguno prácticamente no se concebía.  

¿Cómo se manifestaba el amor entre hombres en la sociedad de la Grecia antigua?

Lo primero que hay que decir es que la Grecia clásica no tenía ninguna palabra para "homosexual" tal y como entendemos nosotros el término. No porque estas relaciones fueran raras o inexistentes —todo lo contrario— sino porque la sexualidad no era algo que definiera tu identidad. El deseo era el deseo, y ya está. Lo que sí les importaba, y bastante, era el quién, el cómo y el cuándo. Kenneth Dover, un historiador que pasó años estudiando este asunto, lo dejó muy claro: a los griegos les daba igual el sexo de tu pareja; lo que miraban con lupa eran las dinámicas de poder. ¿Quién cortejaba a quién? ¿Se mantenían las formas en público? ¿Qué edades tenían cada una de las partes de la relación? ¿Qué rol asumía cada uno en la práctica sexual? Esas eran las preguntas de verdad. Cuando nosotros hablamos de "homosexualidad griega" estamos, siendo honestos, usando un concepto que ellos ni reconocerían. 

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La homosexualidad en la mitología griega

¿Cuál era el estatus social de las relaciones entre personas del mismo sexo?

En la Grecia antigua, tu posición social lo determinaba absolutamente todo, y las relaciones entre hombres seguían esta misma lógica. Había un sistema con sus propias reglas, casi un protocolo: el "erastés", que era el amante mayor, y el "erómeno", el joven amado. Pero cuidado con simplificar: esto iba mucho más allá del sexo. Hablamos de educación, de mentoría, de hacer contactos para la vida política, incluso de formación militar. Un ciudadano ateniense de buena familia podía mantener perfectamente una relación con un joven, siempre que ambos fueran hombres libres y todo se llevara con cierta discreción pública. Las críticas quedaban reservadas para quienes se saltaban estas normas no escritas. Si alguna vez te acercas a un museo con cerámica griega, presta atención: vas a encontrar escenas de cortejo entre hombres pintadas con total naturalidad en copas de vino y vasijas del día a día. El límite que se establecía en las normas del decoro estaba en la edad de los miembros de la pareja. Lo que no se consideraba adecuado era que dos hombres maduros o dos hombres jóvenes tuvieran relación entre ellos, ya que se consideraba que no había provecho para ninguna de las partes más allá del mero goce físico. 

¿Qué diferencias existían entre la homosexualidad masculina y femenina en Grecia?

Aquí tropezamos con uno de esos vacíos históricos que tanto frustran a cualquiera que intente investigar el tema. Sobre relaciones entre hombres griegos tenemos de todo: textos, discursos filosóficos, pinturas, esculturas. Pero sobre el amor entre mujeres, casi nada. Apenas susurros. ¿Por qué? Porque quienes escribían y pintaban eran hombres, y la vida de las mujeres transcurría en muchos casos encerrada en el gineceo, lejos de las miradas que documentaban la historia. Lo que nos ha llegado es, sobre todo, la voz de Safo de Lesbos, aquella poetisa del siglo VI a.C. cuyos versos cargados de deseo hacia otras mujeres dieron nombre a todo un concepto. "Lesbianismo", "sáfico"... estas palabras nacen directamente de ella y de su isla. Las relaciones entre mujeres existieron, eso seguro, pero en espacios domésticos que la historia oficial no se molestó en registrar. Es una laguna que probablemente nunca vamos a poder llenar del todo, por mucho que nos pese. En consecuencia, las relaciones entre mujeres apenas tienes eco en la mitología, y cuando aparece es siempre de forma insinuada, sugerida, nunca revelada por completo. 

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La homosexualidad en la mitología griega

¿Cómo influía la pederastia en la cultura griega antigua?

La palabra "pederastia" hoy nos produce rechazo inmediato, y con toda la razón del mundo. Pero si queremos entender qué significaba entonces, toca hacer el esfuerzo de no juzgar el pasado con las gafas del presente. En ciudades como Atenas, la relación entre un hombre adulto y un adolescente formaba parte del proceso educativo establecido. El erastés no era solo un amante: era un mentor que introducía al joven en los círculos políticos, que le enseñaba a pensar, a comportarse como ciudadano, a desenvolverse en la vida pública. Platón, en "El Banquete", dedica páginas y páginas a distinguir entre el amor vulgar —ese que solo persigue el cuerpo— y el amor noble, que busca cultivar el alma del otro. Aristófanes, con su humor ácido, se burlaba de todo esto en sus comedias, pero precisamente porque era algo tan cotidiano que todo el mundo pillaba las referencias. Esta institución moldeó buena parte de la filosofía griega, su arte, sus ideales de lo que significaba ser hombre. Eso sí, las variaciones eran enormes dependiendo de dónde y cuándo. La Atenas de Pericles funcionaba de una manera; la Esparta de Licurgo, de otra muy distinta.

¿Qué dioses del Olimpo mantenían relaciones homosexuales o bisexuales?

Los dioses griegos eran, por encima de todo, tremendamente humanos en sus pasiones. Amaban, odiaban, se morían de celos, deseaban con intensidad, y no hacían muchas distinciones entre géneros. Zeus perseguía con el mismo entusiasmo a ninfas que a príncipes hermosos; Apolo lloraba a sus amantes masculinos con la misma desesperación que a los femeninos. Estas historias no escandalizaban a nadie porque, para empezar, los dioses estaban por encima de cualquier moral humana, y porque además reflejaban lo que pasaba en la propia sociedad griega. La mitología era como un espejo que lo amplificaba todo: si Zeus podía raptar a un muchacho guapo porque le daba la gana, ¿por qué un ciudadano respetable no iba a enamorarse de uno? Las representaciones de estos amores divinos aparecen por todas partes en el arte griego, desde los frisos de los templos hasta los objetos más cotidianos. 

¿Cuáles son los mitos más conocidos sobre Zeus y sus amantes masculinos?

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El rapto de Ganimedes pintado por Girolamo da Carpi

El rey del Olimpo coleccionaba amantes como quien colecciona trofeos de caza, y entre su colección había tanto mujeres como hombres. La historia más conocida es el rapto de Ganimedes, un príncipe troyano tan guapo que Zeus perdió literalmente la cabeza por él. Se transformó en águila —uno de sus símbolos—, bajó en picado sobre el muchacho y se lo llevó al cielo para convertirlo en su amante y copero oficial del Olimpo. Esta imagen del águila llevándose al joven se representó miles de veces, tanto en la antigüedad como siglos después en el Renacimiento o el Barroco.

También tenemos la historia de Crisipo, hijo del rey Pélope, otra víctima de atraer demasiado la atención divina. Lo que llama la atención es que estos mitos seguían exactamente el patrón erastés-erómeno que funcionaba entre los humanos: el dios más poderoso asumía el rol activo, el joven hermoso el pasivo. Plutarco, escribiendo siglos después, ya con Grecia bajo dominio romano, comentaba estas historias como ejemplos perfectamente normales de la naturaleza plural del deseo divino.

¿Qué papel jugaba Hermes en las historias de amor homosexual?

Hermes ocupaba un lugar bastante particular en el Olimpo. Dios de los viajeros, de los ladrones, de los comerciantes, de todo lo que cruza fronteras y límites. Y esto incluía también los límites sexuales. Se le relaciona con algunos amantes masculinos, como Crixo, aunque sus historias están menos desarrolladas que las de otros dioses. Lo que sí sabemos con certeza es que Hermes era el patrón de los gimnasios, esos espacios donde los hombres griegos se ejercitaban desnudos y donde las relaciones homoeróticas florecían con total naturalidad. Las estatuas de Hermes, siempre joven y atlético, encarnaban ese ideal de belleza masculina que despertaba deseo. Algunas representaciones lo muestran con rasgos casi andróginos, como si su naturaleza de dios fronterizo se extendiera también a las cuestiones de género. No protagoniza tantas aventuras amorosas como Zeus o Apolo, pero su presencia constante en los gimnasios lo convertía en una figura central de todo ese universo homoerótico griego.

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Mito de Hermafrodito en el Hermafrodito Borghese, conservado en el Louvre

¿Existen diosas griegas relacionadas con el amor entre mujeres?

Aquí las fuentes se vuelven esquivas, casi se esconden. La mitología griega que nos ha llegado la escribieron hombres, y el amor entre mujeres les interesaba poco o nada. Artemisa es quizás la figura más sugerente: diosa cazadora que rechazaba a los hombres y vivía rodeada exclusivamente de ninfas y doncellas en sus bosques sagrados. ¿Había algo más que simple camaradería en esos lugares donde solo entraban mujeres? Las fuentes antiguas callan, pero a veces el silencio dice mucho. Afrodita, por su parte, como diosa del amor en todas sus manifestaciones, era invocada de vez en cuando para bendecir amores que hoy llamaríamos lésbicos. Pero son migajas, interpretaciones, lecturas que hay que hacer entre líneas. La escasez de mitos sobre amor entre diosas nos cuenta más sobre quién controlaba la narración que sobre lo que realmente creían o practicaban las mujeres griegas en su intimidad. Es una de esas historias que la historia decidió no contar, y eso ya dice bastante.

¿Cuáles son las historias de amor homosexual más famosas en la mitología griega?

Las historias de amor entre hombres en la mitología griega son tan numerosas que llenarían estanterías enteras. Y no estamos hablando de relatos secundarios o anécdotas al margen: están metidas en el corazón de los grandes ciclos épicos, en las tragedias que se representaban ante miles de atenienses, en los himnos que sonaban en los festivales religiosos. Estos amores funcionaban como modelos culturales, ejemplos vivos de lo que el deseo podía inspirar —para bien y para mal, porque la tragedia siempre acechaba—. No hay condena moral en estas narrativas, aunque sí hay dolor, pérdida, transformación, porque eso es el territorio natural del mito griego. Dioses que pierden a sus amados, héroes que mueren intentando vengarlos, jóvenes convertidos en flores o árboles para preservar su belleza. El amor entre hombres participaba de la misma grandeza y el mismo sufrimiento que cualquier otro amor mitológico. Y estas historias han seguido vivas durante siglos, reinterpretadas una y otra vez, desde quienes negaban cualquier componente sexual hasta quienes hoy las reivindican como antecedentes de la comunidad LGBT.

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Aquiles y Patroclo: homosexualidad en la mitología griega

¿Qué simboliza la relación entre Aquiles y Patroclo?

Si hay una historia de amor masculino que ha atravesado los siglos sin perder fuerza, es la de Aquiles y Patroclo. Homero, en la Ilíada, los presenta como compañeros inseparables, pero se guarda mucho de aclarar la naturaleza exacta de lo que había entre ellos. Lo que sí describe con un detalle que te encoge el corazón es el dolor de Aquiles cuando Patroclo muere a manos de Héctor. El guerrero más temible de toda Grecia se derrumba completamente, se cubre de ceniza y suciedad, no quiere comer, no quiere vivir, y solo encuentra algo parecido al consuelo en la idea de la venganza. ¿Lloramos así por un amigo, por muy querido que sea? Los griegos que vinieron después de Homero no tuvieron ninguna duda: Esquilo los presenta directamente como amantes, y Platón dedica rato en sus diálogos a debatir quién de los dos era el erastés y quién el erómeno. La intensidad del duelo de Aquiles, su decisión de morir joven con tal de vengar a Patroclo, resonaba en una cultura donde el amor entre hombres podía ser tan absoluto, tan devastador, como cualquier otro amor. Para los griegos, esta historia demostraba que el amor masculino podía inspirar los mayores actos de valor y sacrificio. No había ninguna contradicción entre ser el mejor guerrero del mundo y amar apasionadamente a otro hombre. Las dos cosas iban juntas, se alimentaban mutuamente.

¿Cómo era la historia de amor entre Apolo y Jacinto?

Apolo, el dios de la luz y la belleza perfecta, se enamoró hasta los huesos de Jacinto, un príncipe espartano cuyo aspecto podía competir con el de los propios inmortales. La relación seguía el modelo que ya conocemos: Apolo como amante experimentado, Jacinto como joven adorado. Compartían pasión por el deporte, especialmente por el lanzamiento de disco. Y ahí llegó la tragedia, porque en estos mitos la tragedia siempre llega. Durante una práctica cualquiera, el disco que Apolo había lanzado fue desviado por Céfiro, el viento del oeste, que también deseaba a Jacinto y se consumía de celos al verlo con otro. El disco golpeó al muchacho en la cabeza. Murió en el acto. Ni siquiera un dios pudo hacer nada para salvarlo. De la sangre que empapó la tierra brotó una flor que lleva su nombre desde entonces. Los espartanos celebraban cada año las Jacintias, un festival que mezclaba luto y celebración, manteniendo vivo el recuerdo de este amor truncado. Hay algo muy griego en toda esta historia: la belleza que atrae su propia destrucción, el amor que termina en metamorfosis, la muerte que se convierte en recuerdo eterno floreciendo cada primavera.

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Apolo, Jacinto y Cipariso de Ivanov

Apolo y Cipariso: una historia de amor con final trágico

Cipariso era un muchacho de la isla de Ceos cuya belleza dejó cautivado a Apolo. El dios lo acogió bajo su protección, le enseñó música, compartió con él cacerías y días largos de ocio bajo el sol. Pero Cipariso tenía otro amor en su vida: un ciervo sagrado que el propio Apolo le había regalado. Este animal, manso y confiado como un perro, seguía al joven a todas partes. Cipariso lo adornaba con guirnaldas de flores, le daba de comer de su propia mano, lo montaba para pasear por los bosques.

Una tarde de verano, mientras practicaba con la jabalina, Cipariso atravesó por accidente a su ciervo, que dormía escondido entre los arbustos. El dolor que sintió fue un abismo del que no quiso salir. No hubo manera de consolarlo. Ni las palabras de Apolo, ni sus promesas, ni todo el amor que le profesaba sirvieron de nada. El muchacho solo pidió una cosa: poder llorar para siempre.

Apolo, incapaz de curar aquella pena pero con poder suficiente para transformarla, convirtió a su amado en ciprés. Desde entonces, este árbol de silueta melancólica y follaje que nunca cae custodia cementerios y lugares de duelo por todo el Mediterráneo. Las gotas de resina que brotan de su corteza son, según cuentan, las lágrimas eternas de Cipariso que nunca dejaron de caer. Hay algo terriblemente conmovedor en este mito: un dios todopoderoso que respeta el dolor de quien ama, aunque ese respeto signifique perderlo para siempre. 

Los amantes masculinos del héroe Heracles

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Hilas y las ninfas de John William Waterhouse

Heracles, el héroe de la fuerza bruta y los doce trabajos imposibles, también tuvo su vida amorosa con hombres, aunque esta faceta suele quedar tapada por sus hazañas musculares y sus batallas contra monstruos. Entre sus amantes destaca Yolo, su propio sobrino y escudero de confianza, que le echó una mano crucial para derrotar a la Hidra de Lerna cauterizando los muñones cada vez que Heracles cortaba una cabeza. Pero la historia que más te toca el corazón es la de Hilas.

Hilas era un joven de una belleza fuera de lo común al que Heracles había adoptado después de matar a su padre en combate. Lo crió, lo entrenó, lo amó. Juntos se embarcaron en la expedición de los Argonautas rumbo a la Cólquide. Durante una parada para recoger agua dulce, Hilas se acercó a una fuente y las ninfas que vivían allí, completamente hechizadas por lo guapo que era, lo arrastraron hacia el fondo. Desapareció sin más. Heracles perdió la cabeza. Abandonó la expedición, abandonó a sus compañeros, y se pasó días vagando por los bosques llamando a gritos el nombre de su amado hasta quedarse ronco. En la antigua Bitinia se celebraban rituales donde los sacerdotes recorrían los campos gritando "¡Hilas! ¡Hilas!", recreando aquella búsqueda desesperada.

También está Abdero, que ayudó a Heracles a capturar las yeguas carnívoras de Diomedes y acabó devorado por ellas. El héroe fundó una ciudad entera en su memoria. Las pérdidas de estos amantes revelan una vulnerabilidad que contrasta brutalmente con la imagen del semidiós invencible. Heracles podía estrangular leones con las manos desnudas y desviar ríos con su fuerza, pero no pudo proteger a quienes amaba. Estas historias le dan humanidad a un personaje que sin ellas sería solo músculo y hazañas.. En la Grecia antigua, amar a otros hombres no te hacía menos viril ni menos heroico; al contrario, esos amores podían inspirar las mayores gestas y los duelos más profundos. Aquiles no era menos guerrero por llorar a Patroclo; Heracles no era menos héroe por perder a Hilas. Eran más humanos, y eso los hacía más grandes.