Pocos personajes femeninos han calado tan hondo en nuestra cultura como Penélope, la esposa de Odiseo (o Ulises según su versión romana). En los versos de Homero de la Ilíada y sobre todo de la Odisea —un poema épico que sigue cautivando lectores después de casi tres mil años— encontramos a una mujer que representa mucho más que la esposa que espera el regreso del marido. Durante veinte largos años, mientras Odiseo vagaba por el Mediterráneo, Penélope demostró tener agallas, cerebro y una paciencia más allá de lo común.
¿Quién fue Penélope en la historia de Ulises y la Guerra de Troya?
¿Cuál es el origen de Penélope en la mitología griega?
Penélope era hija de Icario, un príncipe espartano, y de Peribea, una ninfa. Su destino quedó sellado cuando se casó con Odiseo, el astuto rey de Ítaca. Aquí las versiones divergen: algunos cuentan que Odiseo ganó su mano en una competición atlética; otros relatos sugieren que fue el propio Icario quien, impresionado por la labia y la inteligencia del joven héroe, le ofreció a su hija en matrimonio. Sea como fuere, lo que sabemos con certeza gracias a Homero es que cuando estalló la Guerra de Troya, Penélope ya había traído al mundo a Telémaco. Y entonces comenzó su larga espera de dos décadas.
Es curioso cómo la Odisea la presenta. Mientras Helena — la mujer por la que supuestamente se desató la guerra— pasó a la historia como la belleza que lanzó mil barcos, Penélope brillaba por cualidades menos evidentes, pero más duraderas: prudencia, lealtad, inteligencia. No es que fuera fea, por supuesto, pero su atractivo iba más allá de lo físico. Esta diferencia entre ambas mujeres dice mucho sobre los valores que los griegos admiraban. Mientras una provocó una guerra, la otra mantuvo unido un hogar contra viento y marea.
¿Cuál fue la historia de Penélope durante la ausencia de Odiseo?
Los primeros diez de la espera de Penélope, Odiseo estuvo camino de Troya o peleando en la guerra. Los siguientes diez, mientras él se las veía con cíclopes tuertos, hechiceras como Circe que convertían hombres en cerdos y ninfas que no querían dejarlo marchar, Penélope estaba en Ítaca sosteniendo el hogar.
La situación era más complicada de lo que parece a simple vista. No era solo cuestión de administrar un palacio —que ya de por sí era algo complejo—. Los nobles locales, al sospechar que Odiseo no regresaría, empezaron a rondar como buitres. Poco a poco, empezaron a presionarla para que eligiera un nuevo marido, ya que el que se casara con ella se convertiría automáticamente en rey de Ítaca.
Aquí es donde Penélope demostró de qué pasta estaba hecha. No podía rechazarlos directamente —eso podría haber desencadenado una guerra civil o algo peor—. Pero tampoco podía casarse con ninguno mientras albergara la esperanza de que Odiseo regresara. Era como caminar sobre una cuerda floja, y ella lo hizo con una gracia y una inteligencia que dejaban en pañales a muchos de los supuestos héroes de la época. Su hijo Telémaco era todavía muy joven para imponer respeto, así que básicamente estaba sola contra el mundo.
¿Por qué Penélope es considerada un símbolo de fidelidad?
Mientras otras esposas de héroes —como Clitemnestra, la mujer de Agamenón— aprovecharon la ausencia de sus maridos para buscarse un reemplazo (en el caso de Clitemnestra fue más bien para planear una venganza sangrienta), Penélope se mantuvo firme como una roca.
Llevar a cabo esto no fue en absoluto sencillo. Más de cien pretendientes — algunos de ellos jóvenes, guapos, ricos y poderosos— la cortejaban día sí y día también. Algunos eran encantadores, otros insistentes, y no faltaban los que directamente eran insolentes al saberse impunes. Y ella, sin ninguna prueba de que Odiseo siguiera vivo, rechazándolos a todos.
Por fortuna para ella, la diosa Atenea, que tenía debilidad por los mortales inteligentes, la tomó bajo su protección. Algo veía en Penélope que la hacía especial, una fortaleza interior que iba más allá de lo humano. Y es que su fidelidad no era pasiva, no era simplemente sentarse a esperar. Era una decisión activa, diaria, que requería valentía y determinación. Cada "no" a un pretendiente era un "sí" a la esperanza, por remota que fuera.
Los pretendientes de Penélope. ¿Cómo enfrentó Penélope a los pretendientes que asediaban Ítaca?
La astucia de Penélope: la estrategia del sudario de Laertes
Cuando la presión se volvió insoportable, anunció públicamente que antes de elegir nuevo esposo debía terminar de tejer un sudario para su suegro Laertes, el anciano padre de Odiseo. Los pretendientes, pensando que era una petición razonable —al fin y al cabo, respetar a los ancianos era sagrado—, aceptaron esperar.
Durante el día, Penélope se sentaba en su telar y tejía con dedicación, a la vista de todos. Los pretendientes la observaban satisfechos, pensando que pronto terminaría su labor. Pero cuando caía la noche y todos dormían, se levantaba sigilosamente y deshacía todo lo tejido. Así, día tras día, noche tras noche, durante tres años completos. El tejido que nunca avanza, como el tiempo detenido, como su vida en suspenso.
La metáfora es muy significativa: mientras preparaba una prenda para la muerte (el sudario), en realidad luchaba por mantener viva la esperanza. Cada puntada deshecha era un pequeño acto de rebeldía, una negación silenciosa de aceptar que su mundo había cambiado para siempre. Hasta que una sirvienta —siempre hay una— la delató. Los pretendientes montaron en cólera al descubrir el engaño, y Penélope se vio obligada a terminar el dichoso sudario.
¿Cuántos pretendientes tuvo Penélope y quiénes eran?
Ciento ocho pretendientes llegaron de todos los rincones del mundo griego: de Duliquio, de Same, de Zacinto, y por supuesto, de la propia Ítaca. Eran nobles, príncipes, gente con poder y recursos. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que todos ellos tenían una mancha en su honor, ya que mientras otros hombres de su generación habían ido a combatir en la guerra de Troya ganándose una fama inmortal, los pretendientes de Penélope se quedaron en sus casas por diversos motivos, de modo que ninguno estaba ni de lejos a la altura de Odiseo.
Los más destacados eran Antínoo y Eurímaco, los cabecillas de esta pandilla. Antínoo era de los que no aceptan un no por respuesta, un tipo arrogante y violento que llegó a planear el asesinato de Telémaco cuando el chico viajó a Pilos y Esparta a buscar noticias de su padre. No contento con usurpar la casa, quería eliminar al heredero legítimo. Eurímaco era más sutil, más político, pero igual de peligroso. Tenía esa falsa amabilidad de los que te apuñalan por la espalda mientras te sonríen.
Estos tipos no solo querían casarse con Penélope; querían el poder, el trono, el estatus. Para ellos, ella era solo un medio para conseguir un fin. Y mientras tanto, se dedicaban a saquear sistemáticamente los recursos del palacio, organizando banquetes interminables, sacrificando el mejor ganado, vaciando las bodegas.
¿Qué consecuencias tuvo la presencia de los pretendientes en el palacio?
Las consecuencias fueron devastadoras en todos los sentidos. Económicamente, el palacio se desangraba. Cada día era una fiesta, y no precisamente porque hubiera algo que celebrar. Los pretendientes devoraban años de provisiones en meses, sacrificaban animales como si no hubiera mañana, bebían el vino que Odiseo había guardado para ocasiones especiales. Era un saqueo a cámara lenta, pero perfectamente legal según las retorcidas normas de hospitalidad que ellos manipulaban a su favor.
Políticamente, la situación era un desastre. Telémaco, ya convertido en un joven adolescente, no podía hacer valer su autoridad. Cuando intentó poner orden en la asamblea de Ítaca, los pretendientes se rieron en su cara. La legitimidad del linaje real pendía de un hilo, y solo la presencia de Penélope impedía que todo se derrumbara por completo.
Pero quizás lo peor era la corrupción moral que se extendía como una mancha de aceite. Algunas sirvientas, seducidas o intimidadas, se convirtieron en cómplices de los pretendientes. La lealtad, ese valor tan preciado en el mundo homérico, se resquebrajaba día a día. El palacio, que debería ser un símbolo de orden y justicia, se había convertido en un antro de excesos y traiciones. Todo este ambiente tóxico preparaba el escenario para la sangrienta venganza que vendría después. Porque cuando Odiseo finalmente regresó y vio en qué se había convertido su hogar desató una masacre que no sorprendió a nadie que conociera el temperamento del héroe.
La prueba del arco como estrategia final
Acorralada tras el fracaso del sudario, Penélope sacó un as de la manga que dejaría boquiabierto a cualquier estratega. Anunció que se casaría con quien pudiera tensar el arco de Odiseo y atravesar doce hachas alineadas con una flecha. Los pretendientes debieron frotar sus manos con satisfacción. En aquella competición todos podrían demostrar su valía.
Pero Penélope conocía perfectamente a su audiencia. Sabía que el orgullo masculino de estos hombres no les permitiría rechazar un desafío, por imposible que fuera. Y más cuando todos ellos arrastraban la mancha de no haber demostrado su valor en la guerra de Troya. Pero el arco de Odiseo no era un juguete; era el arma de un héroe, forjada para sus manos específicamente. Su manejo requería no solo fuerza bruta, sino una técnica particular que solo él dominaba.
¿Casualidad que propusiera esta prueba justo cuando un misterioso mendigo —que en realidad era Odiseo disfrazado— había llegado al palacio? Hay quienes dicen que Penélope lo reconoció y que todo fue un plan conjunto. Otros argumentan que fue pura coincidencia divina. Sea como fuere, la escena que siguió fue épica: uno tras otro, los pretendientes fracasaron miserablemente. Ni siquiera podían tensar la cuerda, mucho menos disparar.
La humillación fue completa cuando el "mendigo" pidió intentarlo. Las burlas iniciales se transformaron en terror cuando no solo tensó el arco con facilidad, sino que realizó el tiro imposible. En ese momento, la máscara cayó. Odiseo había vuelto, y la hora de la venganza había llegado. Los pretendientes, atrapados en el salón, sin armas y sin escapatoria, pagaron caro sus años de abuso. Penélope, mientras tanto, había demostrado una vez más que la inteligencia puede ser tan letal como cualquier espada.
El reencuentro de Ulises y Penélope
Con la prueba del arco, Ulises-Odiseo reveló su verdadera identidad: ayudado por Atenea se había hecho pasar por un mendigo para infiltrarse de forma segura en el palacio. Sin embargo, cuando la diosa le hizo recuperar su aspecto, Penélope dudó. Hay que pensar que habían pasado veinte años desde la última vez que se habían visto, y durante este tiempo Odiseo había vivido tantas aventuras que sin duda su físico estaba cambiado. Penélope, siempre astuta, le planteó a su supuesto marido una última prueba: le pidió que moviera el cabecero de la cama común. Una treta muy astuta, ya que dicho cabecero estaba labrado en el tronco de un árbol que había crecido en el dormitorio, un detalle que solo el propio Odiseo conocería ya que pertenecía a la más estricta intimidad de la pareja. Cuando Odiseo le dijo a Penélope que resultaría imposible mover esa cama, ella reconoció a su esposo tan largamente esperado y se fundió con él en un abrazo.


