Polifemo, el cíclope de un solo ojo, es, quizá, el monstruo más contradictorio del imaginario heleno. Ese ojo único en mitad de la frente lo convirtió en emblema de lo salvaje y lo terrible, pero también protagoniza en época tardía una de las historias de amor más trágicas que nos legó la antigüedad. Las fuentes lo presentan devorando compañeros de Ulises y, al mismo tiempo, componiendo torpes serenatas para una ninfa que lo desprecia. Veremos aquí sus dos caras: la del gigante vengativo y la del amante ridículo.
¿Quién era el cíclope Polifemo en la obra de Homero?
Hay que distinguir a Polifemo de otros cíclopes. Los que forjaron el rayo de Zeus pertenecían a una estirpe diferente, más cercana a los dioses y vinculada al trabajo artesanal. Polifemo, en cambio, era pastor y no tenía relación alguna con el trabajo del metal. Vivía solo, hablaba con sus ovejas y no reconocía autoridad alguna, ni divina ni humana. Esta diferencia resulta capital para entender por qué Homero lo utiliza como antagonista perfecto del civilizado Odiseo.
Su linaje, eso sí, no era menor. Hijo de Poseidón y de la ninfa Toosa, llevaba en la sangre el temperamento de las tempestades marinas. Cuando los aqueos le cegaron el ojo, Poseidón transformó el regreso de Ulises en una pesadilla de diez años como castigo. Un padre vengando a su hijo: motivo tan viejo como la propia literatura.
El aspecto físico de Polifemo
Lo del ojo único no era metáfora en el caso del gigante Polifemo. «Cíclope» viene del griego kýklops, que significa «ojo redondo» o «circular». Homero lo describe como un ser descomunal, capaz de usar un tronco de olivo como bastón y de cerrar la entrada de su cueva con una roca que veinte carros no habrían podido mover. Velludo, de voz atronadora, sus facciones carecían de cualquier proporción armónica.
Los griegos valoraban el equilibrio en su canon estético. Sus dioses eran hermosos; sus héroes, atléticos. Polifemo representaba exactamente lo contrario: pura fuerza bruta sin el menor refinamiento. Cuando Ovidio lo puso a cortejar a Galatea, el contraste entre su fealdad y sus pretensiones amorosas resultó casi cómico.
Su lugar en el orden mítico
Polifemo no recibía culto. Nadie le rezaba ni le ofrecía sacrificios. Funcionaba más bien como recordatorio de lo que existía fuera de las murallas: la naturaleza sin domesticar, las tierras donde no llegaban las leyes de la polis. Los cíclopes no cultivaban, no celebraban asambleas, no respetaban la hospitalidad sagrada. Eran, en términos griegos, la antítesis de la civilización.
¿Para qué sirve un monstruo así en un relato? Para que el héroe demuestre su valía. Odiseo no podía vencer a Polifemo con músculo, así que lo venció con astucia. La inteligencia contra la brutalidad: tema que atraviesa toda la Odisea.
Polifemo y Galatea: el amor imposible según Ovidio
Las Metamorfosis de Ovidio, herederas de la tradición poética helenística, nos muestran una faceta inesperada, muy diferente del cíclope homérico. En este poema no devora a nadie. Está enamorado, y ese amor lo transforma en un ser patético y vulnerable. La nereida Galatea —blanca como la leche que evoca su nombre— nadaba por las costas de Sicilia, y Polifemo quedó prendado de ella con una intensidad que rayaba en la obsesión.
El gigante empezó a preocuparse por su aspecto. Se peinaba la barba con rastrillos —detalle que Ovidio aprovecha para subrayar su tosquedad—, componía canciones donde comparaba a Galatea con flores y estrellas, le ofrecía los mejores quesos de su rebaño. Todo fue inútil. Galatea lo encontraba repulsivo y así se lo hacía saber cada vez que el cíclope le declaraba su amor.
El triángulo con Acis
Para colmo, la ninfa amaba a otro. Acis era un joven pastor siciliano, hijo del dios Pan, y representaba todo todo lo que Polifemo no era: apuesto, grácil, de proporciones humanas. Los amantes se encontraban en grutas costeras, lejos del ojo del cíclope. Hasta que un día Polifemo los descubrió.
Lo que siguió fue espantoso. Galatea se lanzó al mar y escapó, pero Acis, que no era una divinidad acuática, no tuvo esa opción. Polifemo arrancó un peñasco de la montaña y lo arrojó contra el muchacho, aplastándolo. La sangre de Acis, por intervención divina, se convirtió en un río que todavía corre por Sicilia. Así, al menos, los amantes podían reunirse cuando Galatea visitara sus aguas.
La historia mezcla lo ridículo con lo trágico. Un monstruo que compone serenatas termina cometiendo un asesinato por celos. Ovidio, maestro de los claroscuros, consigue que sintamos algo parecido a la lástima por el cíclope, aunque solo sea un instante, antes de que su violencia nos devuelva a la realidad de su naturaleza. Al final de esta historia, Polifemo vuelve a ser el mismo monstruo mitológico terrible que concibió Homero.
El encuentro con Ulises en la Odisea
La de Homero es la versión más conocida del cíclope Polifemo y la que más éxito ha tenido en la tradición y el arte posteriores. Homero la cuenta en el canto IX de la Odisea, y ha fascinado a lectores durante casi tres milenios. Aquí Polifemo no suspira por nada ni por nadie: devora hombres y bebe su sangre mezclada con leche.
La llegada a la cueva
Ulises cometió un error de orgullo. Tras abandonar la tierra de los lotófagos, avistó la isla de los cíclopes y decidió explorarla. Sus hombres querían robar provisiones y marcharse, pero él insistió en conocer al habitante de aquella cueva llena de quesos y corrales. Quería recibir los dones de hospitalidad, la xenia que los griegos consideraban sagrada.
Mala idea. Cuando Polifemo regresó con su rebaño al atardecer, cerró la entrada con una roca inmensa. Los griegos quedaron atrapados. El cíclope, al verlos, no les ofreció hospitalidad: agarró a dos de ellos, los estrelló contra el suelo y se los comió. Repitió la operación en los días siguientes.
El engaño de «Nadie»
Ulises no era más fuerte que el cíclope, pero era infinitamente más astuto. Cuando Polifemo le preguntó su nombre, respondió: «Me llamo Nadie». Después le ofreció vino, mucho vino, hasta que el gigante, acostumbrado a beber solo leche, cayó borracho.
Entonces los hombres de Ulises tomaron un tronco de olivo que habían afilado y endurecido al fuego. Lo clavaron en el único ojo de Polifemo. Los alaridos atrajeron a otros cíclopes, que preguntaron desde fuera qué ocurría. «¡Nadie me mata!», gritó Polifemo. Los demás, confundidos, se marcharon pensando que era un castigo divino.
A la mañana siguiente, el ciego Polifemo retiró la roca para que salieran sus ovejas. Palpaba el lomo de cada animal para asegurarse de que ningún griego escapara montado sobre ellos. Ulises había previsto esto: ató a sus compañeros bajo el vientre de los carneros más grandes, y él mismo se sujetó al más robusto del rebaño. Salieron inadvertidos.
El error fatal de Ulises
Ya en su barco, navegando hacia mar abierto, Ulises no pudo contenerse. Le gritó al cíclope su verdadero nombre: «¡Fue Odiseo de Ítaca quien te cegó!». Vanidad pura. Polifemo recordó entonces una vieja profecía y, aunque ciego, arrojó rocas enormes hacia la voz. Casi hunde la nave, pero Ulises y sus hombres lograron huir a fuerza de remo.
Lo peor vino después. Polifemo invocó a su padre Poseidón y le pidió que maldijera el regreso de Ulises. Esa maldición funcionó: el héroe tardó otros diez años en llegar a Ítaca, perdió a todos sus compañeros y sufrió tormentos que podrían haberse evitado si hubiera mantenido la boca cerrada.


