Aquiles y Patroclo eran amantes o compañeros de armas

La relación entre Aquiles y Patroclo es una de las más célebres de todo el ciclo de la guerra de Troya y la mitología griega, y su auténtica naturaleza ha desatado muchos debates. ¿Eran Patroclo y Aquiles amantes o amigos?
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Aquiles y Patroclo amantes o compañeros de armas
Marcos Ribas Pérez | Jue, 02/26/2026 - 14:06
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Pocas relaciones en toda la tradición épica griega han suscitado tanta controversia como la de Aquiles y Patroclo. El vínculo que unía al hijo de Peleo con su compañero más cercano durante el sitio de Troya lleva siglos alimentando interpretaciones opuestas. ¿Amistad heroica entre guerreros? ¿Vínculo erótico? La Ilíada no responde con claridad, y esa ambigüedad ha convertido a estos dos personajes en un espejo donde cada época proyecta sus propias categorías sobre el amor, la lealtad y la intimidad entre hombres. Filósofos de la Atenas clásica, dramaturgos del siglo V a. C., novelistas del siglo XXI: todos han reclamado su versión de lo que Aquiles y Patroclo fueron el uno para el otro. Las páginas que siguen recorren esas lecturas —antiguas y modernas— para entender qué dice realmente el texto homérico, qué añadieron los autores posteriores y por qué la pregunta sigue abierta.

¿Qué dice la Ilíada sobre la relación de Aquiles y Patroclo?

¿Cómo describe Homero el vínculo entre ambos héroes?

Homero nunca define la naturaleza del lazo que une a Aquiles con Patroclo. No lo hace porque, con toda probabilidad, no le interesaba clasificarlo. Lo que sí describe es una cercanía que va mucho más allá de lo habitual entre compañeros de campaña. Patroclo vive en la misma tienda que el Pelida. Prepara su comida. Toca la lira junto a él. Le habla con una franqueza que ningún otro guerrero se permite, ni siquiera Áyax o Diomedes. Hay una escena en el canto IX que resulta reveladora: cuando la embajada de Agamenón llega al campamento de Aquiles para intentar convencerlo de que regrese al combate, es Patroclo quien, con un gesto silencioso de su compañero, sirve la carne y el vino a los huéspedes. Esa coordinación doméstica, casi conyugal, dice más que cualquier declaración explícita.

Ahora bien, el poema no contiene ninguna referencia sexual entre ellos. Ni una. Aquiles comparte lecho con Briseida; Patroclo duerme con Ifis en el otro extremo de la tienda. Homero separa sus cuerpos por la noche. ¿Lo hace a propósito? ¿Es una convención del género épico arcaico? Cada lector decide. Lo que parece innegable es que la intensidad emocional entre el hijo de Peleo y su therapon —término que designaba al compañero de armas más íntimo, casi un alter ego ritual— supera cualquier otro vínculo que la Ilíada describa entre mortales.

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Aquiles y Patroclo en una cerámica de figuras rojas

¿Qué función cumple Patroclo en la Ilíada junto a Aquiles?

La Ilíada no tendría nudo ni desenlace sin Patroclo. Su función narrativa es triple: actúa como contrapeso moral de Aquiles, como puente entre el héroe aislado y el resto del ejército aqueo, y como detonante de la catástrofe final. Cuando la cólera del Pelida —esa menis que abre el poema— lo mantiene lejos del campo de batalla, es Patroclo quien siente compasión por los griegos que mueren sin su ayuda. Es él quien llora ante Aquiles, algo que el propio héroe le reprocha con una comparación cruel: "Lloras como una niña pequeña que corre junto a su madre tirándole del vestido."

Esa escena del canto XVI condensa todo el conflicto. Aquiles no quiere ceder su timé —su honor ultrajado por Agamenón—, pero tampoco soporta ver sufrir a Patroclo. De modo que le permite salir al combate con su propia armadura, la armadura divina forjada por Hefesto. Le pone condiciones: rechazar a los troyanos de los barcos y volver. No perseguir la gloria más allá de lo necesario. Patroclo acepta, desobedece, y muere a manos de Héctor con la ayuda del dios Apolo. Los mirmidones, esas tropas de élite que Aquiles había traído desde Ftía en Tesalia, lo siguen con lealtad feroz hasta el final. Lo respetaban no solo como segundo al mando, sino como la persona con mayor ascendente sobre el guerrero más temido de toda la coalición griega.

¿Cuál es el significado de la muerte de Patroclo para Aquiles?

La muerte de Patroclo desgarra la Ilíada por la mitad. Todo lo que sucede después —el regreso de Aquiles al combate, la muerte de Héctor, los juegos funerarios, la escena con Príamo— nace de ese momento. Cuando Antíloco le da la noticia, Aquiles se derrumba. Homero describe una reacción que los griegos reservaban para la pérdida de un ser absolutamente irremplazable: se cubre la cabeza de ceniza negra, se arroja al suelo, se arranca el pelo. Tetis, su madre divina, oye los gritos desde el fondo del mar y acude con las Nereidas. Ni ella puede consolarlo.

Lo que sigue es una transformación radical. El Aquiles que había abandonado la guerra por una cuestión de honor personal se convierte en algo distinto: una fuerza ciega de destrucción, movida ya no por la timé sino por algo más primitivo, más visceral. El thumos —ese impulso emocional que los griegos situaban en el pecho, no en la cabeza— lo domina por completo. Organiza unos juegos funerarios de una escala sin precedentes. Sacrifica doce prisioneros troyanos sobre la pira de Patroclo, un acto que el propio Homero califica de terrible. Y durante noches enteras arrastra el cadáver de Héctor atado a su carro alrededor del túmulo funerario.

¿Era esto amor? ¿Amistad llevada al extremo? ¿Dolor de un guerrero que ha perdido su otra mitad? Homero no contesta. Pero la intensidad de la reacción —superior a cualquier duelo que el poema describe entre esposos o entre padres e hijos— ha sido, durante veinticinco siglos, el argumento más poderoso para quienes ven en estos dos héroes algo que trasciende la camaradería militar.

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Aquiles en un relieve de época helenística

¿ Aquiles y Patroclo eran amantes según la mitología griega?

¿Existen evidencias de un vínculo erótico entre ellos?

La respuesta honesta es: depende de lo que se entienda por evidencia. En el texto homérico, no hay una sola línea que describa contacto sexual entre Aquiles y Patroclo. Eso es un dato. Pero la ausencia de mención explícita no equivale a negación, y los propios griegos de épocas posteriores lo entendieron así. El eros, para la cultura griega del periodo clásico, no necesitaba ser nombrado para estar presente; bastaba con que sus efectos fueran visibles. Y en la Ilíada, los efectos son enormes.

Conviene recordar que la sociedad griega antigua no clasificaba las relaciones afectivas según las categorías que hoy empleamos. No existía una "identidad homosexual" en el sentido contemporáneo. Las relaciones entre hombres —en particular la forma institucionalizada que los griegos llamaban paiderastía, vínculo entre un hombre mayor (erastés) y un joven (erómenos)— ocupaban un lugar reconocido en la vida social, sobre todo en Atenas y en contextos militares como Esparta o Tebas. Con todo, la relación entre el Pelida y su compañero no encaja del todo en ese modelo: ambos eran guerreros adultos, y las fuentes antiguas discrepaban sobre cuál de los dos era mayor.

Lo que sí resulta claro es que el debate no es moderno. Es tan antiguo como la propia recepción de la Ilíada.

¿Qué interpretaciones han surgido a lo largo de los siglos?

Las lecturas se dividen, a grandes rasgos, en dos corrientes. Una interpreta el vínculo como philia —amistad profunda, lealtad guerrera, intimidad emocional sin componente sexual—. La otra lo lee como eros —pasión amorosa que incluye o al menos implica una dimensión física—. Cada corriente tiene defensores antiguos y modernos, y ninguna ha logrado imponerse de forma definitiva.

Entre los defensores de la lectura erótica están Platón, Esquilo y buena parte de la tradición ateniense del siglo V a. C. Entre los que defienden la philia, Jenofonte es el nombre más citado. En la Edad Media europea, las dimensiones eróticas del vínculo fueron sistemáticamente silenciadas: los copistas y comentaristas cristianos preferían leer la relación como un ejemplo de amistad virtuosa. El Renacimiento recuperó las fuentes clásicas con menos filtro moral, y desde el siglo XX el interés por la posible dimensión homosexual del vínculo ha crecido con fuerza, alimentado tanto por la historiografía como por la ficción. La novela de Madeline Miller, La canción de Aquiles (2011), presenta a los dos héroes como amantes de forma explícita y se ha convertido en un fenómeno editorial que ha reactivado el debate para una generación nueva de lectores.

La ambigüedad del texto homérico permite ambas lecturas. Y quizá esa sea, precisamente, su mayor riqueza.

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Aquiles moribundo en el Aquileion de Corfú

¿Cómo veía la antigua Grecia las relaciones entre guerreros?

La Grecia antigua no separaba el afecto entre compañeros de armas de la posibilidad de que ese afecto incluyera una dimensión erótica. En Tebas existía el Batallón Sagrado, una unidad de élite formada por ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. La lógica era sencilla y brutal: un hombre lucha mejor si a su lado está la persona a la que ama, porque la vergüenza de mostrarse cobarde ante los ojos del amado resulta insoportable. Plutarco lo explica así en la Vida de Pelópidas. Y funciona: el Batallón Sagrado fue una de las fuerzas más temidas de la Grecia del siglo IV a. C., hasta que Filipo II de Macedonia lo aniquiló en Queronea.

En Esparta, las relaciones entre guerreros tenían una dimensión educativa y afectiva que las fuentes antiguas describen con naturalidad. En Creta, la práctica del rapto iniciático entre hombres estaba ritualizada. El contexto varía según la polis, pero el patrón se repite: los griegos no consideraban que el eros entre hombres fuese incompatible con la areté guerrera. Al contrario, podía potenciarla.

Proyectar categorías contemporáneas sobre ese mundo genera distorsiones. Los griegos no tenían una palabra equivalente a "homosexual" ni a "heterosexual". Tenían eros, philia, storge y agape, y las fronteras entre esas formas de afecto eran permeables. Dentro de ese marco, la relación entre Aquiles y Patroclo —fuese cual fuese su naturaleza exacta— habría sido percibida como un ejemplo supremo de devoción entre guerreros, sin que nadie exigiese una etiqueta unívoca.

¿Qué dicen los autores griegos sobre si Patroclo y Aquiles eran amantes?

¿Qué menciona Platón en El Banquete?

Platón aborda la cuestión de frente. En el Banquete —uno de los diálogos más influyentes de toda la filosofía occidental—, el personaje de Fedro cita a Aquiles y Patroclo como ejemplo de amantes cuyo eros los llevó al sacrificio supremo. Fedro los da por amantes sin discusión; lo que le interesa es otro problema: quién era el erastés y quién el erómenos. Según la convención griega, el erastés era el amante mayor y activo; el erómenos, el joven amado. Fedro sostiene que Patroclo era el erastés porque tenía más edad, y que Aquiles, pese a ser el más hermoso y el mejor guerrero, ocupaba el lugar del erómenos.

Este detalle importa. En la lógica del Banquete, el acto de Aquiles —buscar la muerte para vengar a Patroclo, sabiendo que morirá poco después— resulta aún más meritorio si lo realiza el erómenos, porque se supone que el papel del amado es recibir amor, no ofrecerlo hasta la muerte. Platón, a través de Fedro, convierte la historia de los dos guerreros en un argumento sobre la naturaleza del eros y su capacidad de trascender el interés propio.

Que un filósofo del calibre de Platón tratase la relación como erótica sin la menor reserva indica que, a mediados del siglo IV a. C., esa lectura era perfectamente aceptable en los círculos intelectuales atenienses. No era una provocación ni una lectura marginal.

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Aquiles y el cadáver de Héctor en el Aquileion de Corfú

¿Cómo interpretó Esquilo la relación entre ambos?

Esquilo, el gran trágico del siglo V a. C., fue todavía más explícito, hasta donde permiten juzgar los fragmentos que nos han llegado. Escribió una trilogía sobre Aquiles —Los mirmidones, Las nereidas y Los frigios— de la que solo sobreviven citas aisladas transmitidas por otros autores. En Los mirmidones, Esquilo ponía en boca de Aquiles un lamento por Patroclo que incluía referencias a "los muslos reverenciados" de su compañero, una alusión que los comentaristas antiguos interpretaron sin ambigüedad como sexual.

La trilogía se representó en Atenas, ante miles de espectadores, en el contexto de las Grandes Dionisias. Esto significa que la interpretación erótica del vínculo no era un secreto de especialistas: formaba parte de la cultura popular. Los atenienses que veían la obra no necesitaban explicaciones; entendían el código. Y Esquilo, que escribía apenas un par de siglos después de que la Ilíada alcanzase su forma definitiva, se sentía con plena legitimidad para completar lo que Homero había dejado en la sombra.

Hay otro dato interesante: en la generación posterior a Esquilo, Sófocles también escribió sobre el tema en una obra titulada Los amantes de Aquiles, hoy perdida. Que dos de los tres grandes trágicos dedicasen obras al vínculo entre estos guerreros confirma que el asunto era percibido como materia digna del género más prestigioso de la literatura griega.

¿Qué opinaba Jenofonte sobre este vínculo?

Jenofonte representa la otra orilla del debate de la relación entre Patroclo y Aquiles. En su propio Banquete —un texto muy diferente al de Platón—, el historiador y filósofo argumenta que la relación entre Aquiles y Patroclo era de naturaleza espiritual, no erótica. Para Jenofonte, atribuirles una dimensión sexual rebajaba la grandeza de su lealtad mutua. La virtud, la admiración recíproca y la camaradería del campo de batalla bastaban, según él, para explicar la intensidad del vínculo.

Esta postura refleja los valores personales de Jenofonte, más conservadores que los de Platón en materia de eros. Jenofonte admiraba a Esparta, donde —pese a la existencia documentada de relaciones entre guerreros— el discurso oficial insistía en la contención y la disciplina. Su lectura del vínculo entre el Pelida y su compañero encaja en esa visión: un amor elevado, sí, pero depurado de todo lo carnal.

Lo significativo del desacuerdo entre Jenofonte y Platón es que demuestra algo que a veces se olvida: los propios griegos no tenían una respuesta única. La Ilíada daba pie a lecturas divergentes ya en el siglo IV a. C., y los intelectuales más reputados de Atenas debatían sobre el tema con la misma pasión con que lo hacemos hoy. Eso, por sí solo, dice mucho sobre la riqueza del texto homérico.

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Aquiles en una pintura de Leon Benouville

¿La interpretación de una relación homosexual es moderna o antigua?

¿Cuándo surgió la lectura erótica de esta relación?

La lectura erótica no es un invento contemporáneo. Como acabamos de ver, Platón y Esquilo la daban por válida en los siglos V y IV a. C. En el periodo helenístico —cuando la cultura griega se expandió por todo el Mediterráneo oriental tras las conquistas de Alejandro—, la figura de Aquiles como amante trágico se consolidó en la poesía, la cerámica y la literatura filosófica. Luciano de Samósata, en el siglo II d. C., incluye a los dos guerreros entre los amantes del más allá en sus Diálogos de los muertos. El dato no es anecdótico: indica que la tradición erótica se mantuvo viva durante al menos seis siglos tras Platón.

La ruptura llegó con el cristianismo. Los comentaristas medievales, tanto en Bizancio como en la Europa latina, redujeron la relación a amistad ejemplar. Los manuscritos se copiaron, pero el marco de lectura cambió. Dante, por ejemplo, coloca a Aquiles en el segundo círculo del Infierno —el de los lujuriosos—, aunque por su relación con mujeres, no con Patroclo. La dimensión erótica del vínculo entre guerreros quedó enterrada bajo capas de moral cristiana durante casi un milenio.

El Renacimiento recuperó las fuentes, pero con cautela. Fue el siglo XX, con el desarrollo de los estudios de género y la historia de la sexualidad —Foucault fue decisivo en esto—, el que volvió a poner la pregunta sobre la mesa con rigor académico. Hoy, la cuestión se debate en departamentos de clásicas de todo el mundo, y obras como la ya mencionada novela de Miller la han llevado también al gran público.

¿Cómo influye el contexto cultural griego en estas lecturas?

El contexto lo es todo. Sin comprender cómo entendían los griegos el eros, la philia y las relaciones entre hombres, cualquier pronunciamiento sobre Aquiles y Patroclo corre el riesgo de ser anacrónico. Los griegos del periodo clásico distinguían entre varios tipos de amor. El eros designaba la pasión que mueve y transforma; la philia, el afecto entre iguales basado en la confianza y la reciprocidad; el storge, el cariño natural entre parientes. Estas categorías no eran estancas. Un vínculo podía participar de varias a la vez, y nadie lo consideraba contradictorio.

La relación entre los dos guerreros se resiste a encajar en una sola de esas categorías. Tiene la intensidad del eros, la reciprocidad de la philia, la dimensión casi familiar del storge. Y tiene algo más: una función dentro del código heroico. Aquiles elige el kleos —la gloria póstuma alcanzada mediante hazañas dignas de canto— por encima de una vida larga y anónima. Esa elección solo adquiere sentido pleno cuando Patroclo muere, porque es su muerte la que empuja a Aquiles de vuelta al combate y, con ello, hacia su propio destino.

¿Puede separarse el amor del destino heroico en la cosmovisión griega? Probablemente no. Y esa fusión explica por qué la pregunta sobre la naturaleza del vínculo entre el Pelida y su compañero ha resistido tantos siglos sin respuesta definitiva.

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Aquiles y el cadáver de Patroclo en una pintura de Leon Cogniet

¿Qué diferencias hay entre la amistad heroica y el vínculo erótico en la Grecia antigua?

Para un griego del siglo V a. C., la pregunta habría sonado extraña. La distinción tajante entre amistad y eros —como si fuesen compartimentos separados— es más propia de la moral cristiana posterior que de la cultura clásica. En la tradición épica, los vínculos entre guerreros combinaban lealtad, admiración física, dependencia emocional y, en muchos casos, deseo. El therapon no era solo un escudero; era un compañero con el que se compartía todo, desde la tienda hasta la mesa, desde la estrategia hasta el duelo.

El caso del Batallón Sagrado de Tebas, ya mencionado, ilustra hasta qué punto los griegos integraban el eros en la estructura militar. Pero había matices. En la épica homérica, el código heroico exige que el guerrero demuestre su areté —su excelencia— en el combate y en la asamblea. La intensidad del vínculo con el compañero forma parte de esa areté: abandonar al amigo en el campo de batalla es la mayor deshonra posible. Que ese vínculo incluyese o no una dimensión sexual era, para Homero, un detalle secundario frente a lo que realmente importaba: la lealtad hasta la muerte.

Esa perspectiva hace que nuestra insistencia moderna en clasificar la relación como "platónica" o "erótica" sea, en cierto sentido, un ejercicio ajeno al mundo que la produjo. Los griegos no necesitaban elegir. Nosotros, al parecer, sí.

¿Por qué Aquiles quiso vengar la muerte de Patroclo en la guerra de Troya?

¿Cómo reaccionó Aquiles ante la muerte de su compañero?

La reacción de Aquiles ocupa varias decenas de versos en el canto XVIII y es, posiblemente, la escena de duelo más intensa de toda la literatura antigua. Cuando Antíloco, hijo de Néstor, le trae la noticia, Aquiles no habla. Se cubre de ceniza negra, se derrumba en el suelo, se tira del pelo con ambas manos. Las esclavas que había capturado en la guerra gritan a su alrededor. Tetis lo oye desde las profundidades del mar. Acude con todo su séquito de Nereidas —Homero las nombra una por una, en un catálogo que funciona como un respiro poético dentro de la catástrofe— y lo encuentra destrozado.

Aquiles rechaza comer. Rechaza dormir. Rechaza cualquier forma de consuelo. Lo único que quiere es la armadura nueva que Tetis le encarga a Hefesto —el famoso escudo que ocupa la descripción más célebre de la Ilíada— y salir a matar a Héctor. A partir de ese instante, el hijo de Peleo ya no actúa como un guerrero racional. Es puro thumos, puro impulso. La guerra deja de ser un conflicto entre pueblos y se convierte, para él, en una cuestión estrictamente personal.

Hay un detalle que los comentaristas suelen pasar por alto: cuando Aquiles recupera el cadáver de Patroclo tras los combates del canto XVII, Homero describe cómo le toma la mano. Un gesto simple. Íntimo. Que no se repite en ningún otro lugar del poema con esa carga emocional.

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Patroclo en una pintura de Herculano

¿Qué función tuvieron los mirmidones en la venganza?

Los mirmidones habían permanecido inactivos durante semanas, obedeciendo la orden de Aquiles de no combatir. Eran guerreros de Ftía, la región de Tesalia que el Pelida gobernaba, y su fama de ferocidad era anterior a la propia guerra de Troya. Patroclo los había liderado temporalmente con la armadura de Aquiles, y bajo su mando habían rechazado a los troyanos de las naves griegas antes de que la intervención de Apolo cambiase la suerte del combate.

Tras la muerte de Patroclo, los mirmidones lucharon para recuperar su cuerpo. Lo lograron, aunque la armadura —la armadura de Aquiles— quedó en manos de Héctor. Fue una humillación doble: el compañero muerto y las armas divinas perdidas. Cuando Hefesto forjó la nueva panoplia y Aquiles volvió al campo de batalla, los mirmidones formaron la punta de lanza de una ofensiva que los troyanos no pudieron contener.

La lealtad de estas tropas hacia Patroclo dice algo sobre el lugar que este ocupaba en la estructura del ejército aqueo. No era solo el compañero personal de Aquiles; era también su representante, su voz cuando él callaba, su brazo cuando él se retiraba. Perderlo equivalía a perder la mitad operativa del contingente más temido de toda la coalición griega.

¿Cómo cambió la guerra de Troya después de la venganza de Aquiles?

Antes de que Aquiles regresase, los troyanos estaban ganando. Héctor había llegado hasta las naves griegas y amenazaba con incendiarlas. Los jefes aqueos —Agamenón, Diomedes, Odiseo— estaban heridos o desmoralizados. La retirada parecía cuestión de días.

El regreso de Aquiles lo cambió todo. Homero describe una matanza sin precedentes en los cantos XX y XXI. Aquiles mata a tantos troyanos junto al río Escamandro que el propio dios del río, enfurecido por la cantidad de cadáveres que obstruyen su cauce, intenta ahogarlo. Hefesto tiene que intervenir con fuego para secar las aguas. Los dioses olímpicos se enfrentan entre sí. El cosmos entero se desestabiliza por la furia de un solo hombre.

El momento culminante llega en el canto XXII. Héctor, el príncipe de Troya, el mejor guerrero de su pueblo, espera frente a las murallas. Sabe que va a morir. Sus padres le suplican desde lo alto que entre en la ciudad. No lo hace. Y cuando Aquiles se acerca, Héctor huye. Da tres vueltas a las murallas de Troya perseguido por el Pelida antes de que Atenea lo engañe y lo obligue a detenerse. La muerte de Héctor no es un combate equilibrado; es una ejecución.

Lo que viene después es peor. Aquiles perfora los tobillos de Héctor, le pasa una correa por ellos y arrastra el cadáver atado a su carro. Lo arrastra alrededor de la tumba de Patroclo. Lo arrastra durante días. El acto horroriza a griegos y troyanos por igual, y Homero no lo glorifica: lo presenta como una transgresión, como el exceso de un dolor que ha dejado de ser humano. Solo cuando Príamo —anciano, desarmado, solo— entra de noche en la tienda de Aquiles para pedir el cuerpo de su hijo, el Pelida recupera algo parecido a la compasión.

Esa escena final del canto XXIV, donde el asesino y el padre del asesinado lloran juntos, es una de las cumbres de la literatura universal. Y cierra, de forma oblicua, el tema que recorre toda la Ilíada: la pérdida de Patroclo no solo transformó a Aquiles y alteró el curso de la guerra, sino que puso al descubierto la fragilidad que se esconde debajo de la gloria. El kleos tiene un precio. Aquiles lo pagó, y Homero tuvo la honestidad de mostrarlo sin adornos.