Historia y mito de la torre de Babel: origen de las lenguas en la historia bíblica

La Torre de Babel es uno de los mitos más conocidos del Antiguo Testamento y es la explicación de la tradición judeocristiana de la variedad de lenguas y pueblos en el mundo
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El mito de la torre de Babel
Marcos Ribas Pérez | Lun, 03/30/2026 - 22:22
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Pocos relatos del Antiguo Testamento han dejado una marca tan persistente en la memoria colectiva como el de la torre de Babel. Un pueblo entero que habla la misma lengua, una construcción que aspira a tocar el cielo, un dios que decide poner fin a esa unidad. El esquema parece sencillo. Y aun así, las lecturas que ha generado a lo largo de los siglos cubren desde la teología y la lingüística hasta la filosofía política y la historia del arte. El Génesis condensa en apenas nueve versículos una explicación del origen de los idiomas, una reflexión sobre la soberbia humana y una crónica mítica de la dispersión de los pueblos. Que ese relato haya nacido en tierras donde efectivamente se levantaron torres escalonadas de ladrillo cocido y betún —los zigurats de la antigua Mesopotamia— añade una capa arqueológica que lo vuelve todavía más sugerente. Aquí se examinan todas esas dimensiones: el texto bíblico, sus antecedentes históricos en Babilonia, las lecciones morales que la tradición ha extraído y la huella profunda que este mito etiológico ha impreso en la cultura occidental.

¿Qué es la torre de Babel según el Génesis?

¿Dónde aparece la historia de la torre en el Antiguo Testamento?

El pasaje se encuentra en Génesis 11, versículos 1 al 9. Solo nueve versículos. Esa brevedad contrasta con la enorme tradición interpretativa que ha suscitado. El relato se sitúa justo después del diluvio y de las genealogías de los hijos de Noé, en un momento narrativo donde toda la humanidad comparte todavía un único idioma y unas mismas palabras. La ubicación dentro del texto sagrado tiene lógica interna: funciona como bisagra entre la historia primigenia del mundo y el inicio de la historia de los patriarcas, entre una humanidad unida y una humanidad dispersa en naciones con lenguas distintas. Merece la pena notar que el libro de los Jubileos, un texto apócrifo del judaísmo del siglo II a. C., recoge una versión ampliada de este episodio con detalles sobre la ciudad y sus constructores que no aparecen en el Génesis canónico. Esa circunstancia indica que el relato generó curiosidad y debate ya entre los propios autores de la tradición judía antigua.

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El mito de la Torre de Babel según Lucas van Valckenborch

¿Qué significado tiene la construcción de la torre en el libro del Génesis?

Construir una torre cuya cúspide llegase al cielo. Así lo dice el texto, con esa contundencia. El propósito declarado de los constructores era doble: hacerse un nombre y evitar dispersarse por la superficie de la tierra. Ambas motivaciones revelan algo que la exégesis bíblica ha señalado con insistencia a lo largo de los siglos: la torre no era un simple proyecto arquitectónico, sino un acto de afirmación colectiva que desafiaba el mandato divino posterior al diluvio. Dios había ordenado a Noé y sus descendientes que se extendieran y poblaran la tierra. Los constructores de Babel eligieron lo contrario. Prefirieron concentrarse, unirse, levantar un monumento a su propia capacidad. En la cosmovisión bíblica, esa decisión equivalía a un desafío directo: los seres humanos no querían depender de la voluntad divina para definir su destino. Querían ser ellos quienes trazasen el límite entre lo terrenal y lo celeste. ¿Puede haber soberbia mayor? Para los redactores del Génesis, la respuesta era evidente.

¿Cuándo ocurrió la historia bíblica después del diluvio?

La cronología bíblica ubica el episodio en las generaciones posteriores a Noé, cuando la humanidad, al migrar hacia el oriente, encontró una llanura en la región de Sinar. Ese territorio corresponde grosso modo a la zona del actual Irak meridional, la llanura aluvial entre el Tigris y el Éufrates. El dato geográfico no es menor. Sinar es el nombre que el texto hebreo da a la tierra de Babilonia, lo que conecta desde el principio el relato mítico con una región histórica concreta. Establecer una fecha precisa resulta imposible, y probablemente carece de sentido intentarlo: se trata de un mito etiológico, no de una crónica. Lo que importa en la estructura narrativa del Génesis es la posición del episodio como punto de quiebre. Antes de Babel, la humanidad forma un solo pueblo. Después, se fragmenta en naciones, lenguas y territorios separados. Ese es el giro que da sentido al relato, mucho más que cualquier intento de fecharlo con precisión dentro de las genealogías patriarcales.

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El mito de la Torre de Babel según Pieter Bruegel

¿Cuál es el origen de las lenguas según el mito de la torre de Babel?

¿Cómo hablaba toda la tierra antes de la confusión de las lenguas?

"Toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras." Así abre el capítulo 11 del Génesis, con una afirmación rotunda. Esa uniformidad lingüística representaba, dentro del relato, una condición heredada del periodo anterior al diluvio: la lengua que hablaban Noé y su familia era la única que existía, y todos sus descendientes la compartian. La pregunta que ha obsesionado a teólogos y filólogos durante siglos es si ese idioma primordial pudo ser identificado. La tradición judía especuló con el hebreo; algunos padres de la Iglesia sugirieron el siriaco. En el siglo XVII, el jesuita Athanasius Kircher intentó reconstruir una lengua adámica anterior a todas las demás. Ninguna de esas tentativas llegó a buen puerto, pero la búsqueda en sí misma revela cuánto poder evocador tiene la idea de un lenguaje único y perdido. Desde la perspectiva del relato, esa lengua común era lo que permitía a la humanidad operar como un solo cuerpo. Y eso, precisamente, era lo que la convertía en peligrosa a ojos del Dios bíblico.

¿Por qué decidió Dios confundir el mismo idioma de la humanidad?

La respuesta del texto es desconcertantemente directa. Dios observa la torre, observa a quienes la construyen y concluye: "He aquí que forman un solo pueblo, y todos tienen la misma lengua. Esto es solo el principio de lo que van a hacer. Nada de lo que se propongan les será imposible." La frase suena casi a elogio. Y, aun así, precede inmediatamente al castigo. ¿Qué temía el Dios del Génesis? La tradición rabínica ha debatido esta cuestión con sutileza. Para algunos comentaristas, el problema no era la torre en sí, sino la concentración de poder que la unidad lingüística hacía posible. Para otros, el pecado consistía en la negativa a cumplir el mandato de dispersarse. Lo cierto es que el relato presenta la confusión de lenguas como un mecanismo correctivo, no como un castigo vengativo. Dios no destruye a los constructores; no hay fuego ni azufre. Les quita la capacidad de entenderse y, con ella, la posibilidad de seguir construyendo. Los obliga a dispersarse, que era exactamente lo que ellos se negaban a hacer por su propia voluntad.

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El mito de la Torre de Babel según Gustav Doré

¿Qué relación existe entre Babel y la diversidad lingüística actual?

El nombre mismo lo dice, al menos según la etimología popular que ofrece el Génesis: Babel, porque allí confundió (balal) Dios el lenguaje de toda la tierra. La lingüística moderna sabe que esa etimología es incorrecta —Babel deriva del acadio Bab-ili, "puerta del dios"—, pero la asociación entre confusión y diversidad lingüística quedó fijada para siempre en la tradición judeocristiana. Hoy se hablan en el mundo unas siete mil lenguas. La ciencia explica esa diversidad a través de migraciones, aislamientos geográficos y transformaciones graduales a lo largo de milenios. El mito de Babel ofrece otra explicación: un acto divino puntual, una intervención directa que fragmentó la unidad original. Ambas narrativas, la científica y la mítica, responden a la misma pregunta: ¿por qué no nos entendemos? La respuesta de Babel tiene la ventaja de la inmediatez dramática. Y algo más: introduce una dimensión moral en la diversidad lingüística. Las lenguas no son un accidente; son una consecuencia. Esa idea, por más que la lingüística la haya superado, sigue operando como metáfora cultural en Occidente cada vez que se habla de incomunicación entre personas, pueblos o instituciones.

¿Cómo fue la construcción de la torre de Babel y su ciudad?

¿Por qué quisieron construir una torre que llegara al cielo?

La motivación aparece explícita en el texto. Hacerse un nombre. Evitar la dispersión. Dos razones que, leídas con atención, revelan más de lo que parece. Hacerse un nombre implica la búsqueda de permanencia, de gloria duradera: la misma pulsión que los griegos llamarían kleos y que recorre de punta a punta las grandes epopeyas del mundo antiguo. Evitar la dispersión, por su parte, sugiere miedo. Miedo a la pérdida de cohesión, a la fragmentación, a dejar de ser un solo pueblo. La torre funcionaría como eje visible, como punto de referencia que mantuviese unida a la comunidad. ¿Recuerda esto a algo? Los zigurats mesopotámicos cumplían exactamente esa función: eran el centro físico y simbólico de la ciudad, el lugar donde lo terrenal y lo celeste se conectaban. La ambición de alcanzar el cielo tiene, además, una dimensión espiritual que no conviene pasar por alto. No se trataba solo de ingeniería. Se trataba de acceder al ámbito divino por medios humanos, de tender un puente entre mundos sin esperar permiso. Esa pretensión es la que el relato bíblico condena con mayor severidad.

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El mito de la Torre de Babel según Athanasius Kircher

¿Qué materiales usaron para edificar la ciudad y la torre?

El Génesis lo especifica con un detalle que sorprende en un texto tan breve: ladrillos cocidos al fuego en lugar de piedra, y betún en lugar de argamasa. Ese dato no es ornamental. Refleja con exactitud las condiciones de la llanura mesopotámica, donde la piedra natural escaseaba pero sobraba arcilla y había afloramientos de asfalto natural, el betún que los textos cuneiformes documentan con abundancia. Quien redactó ese pasaje conocía, directa o indirectamente, las técnicas constructivas de Babilonia. El ladrillo cocido permitía estandarizar la producción y levantar edificios de altura considerable, algo que la piedra sin tallar no habría facilitado en esa geografía. El betún, por su parte, servía como impermeabilizante y adhesivo, dos funciones imprescindibles para estructuras que debían resistir las lluvias y las crecidas de los ríos. Las excavaciones arqueológicas en yacimientos como Ur y la propia Babilonia han confirmado el empleo sistemático de estos materiales en los zigurats y edificios monumentales de la región. Que el Génesis los mencione con tanta precisión es una de las pistas más sólidas de que el relato tiene un sustrato histórico mesopotámico real.

¿Qué es un zigurat y su relación con la gran torre?

Un zigurat es una torre escalonada de planta rectangular o cuadrada, construida en varias plataformas superpuestas de tamaño decreciente, que se eleva sobre el paisaje llano de la Mesopotamia como una montaña artificial. Funcionaba como templo y como axis mundi: el punto donde lo humano y lo divino podían encontrarse. La conexión con la torre de Babel resulta difícil de ignorar. El zigurat más célebre de Babilonia se llamaba Etemenanki, que significa "casa de la fundación del cielo y la tierra". Alcanzaba unos noventa metros de altura y estaba dedicado al dios Marduk. Su nombre, su ubicación y su función coinciden de forma notable con la descripción bíblica de una torre cuya cúspide pretendía tocar el cielo. La diferencia reside en la valoración. Para los babilonios, el Etemenanki era un logro sagrado, un espacio de encuentro entre dioses y mortales levantado con orgullo cívico y devoción religiosa. Para los autores del Génesis, esa misma torre representaba la hybris de una humanidad que se creía capaz de llegar al ámbito divino por sus propios medios. Un mismo edificio, dos lecturas opuestas. Esa divergencia dice tanto sobre la torre como sobre las culturas que la interpretaron.

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Maqueta del zigurat de Chogha Zanbil, un modelo que pudo inspirar la Torre de Babel

¿Qué dice la historia de la torre sobre la ciudad de Babilonia?

¿Existió realmente una gran torre en el territorio babilonio?

Sí. Las evidencias arqueológicas confirman la existencia del zigurat Etemenanki en la ciudad de Babilonia. Su construcción se remonta al menos al segundo milenio antes de Cristo, aunque fue reconstruido y ampliado varias veces, la última bajo el reinado de Nabucodonosor II en el siglo VI a. C. Herodoto visitó Babilonia en el siglo V a. C. y describió la torre con detalle: ocho pisos superpuestos, una rampa exterior que ascendía en espiral y un templo en la cima donde, según le contaron los sacerdotes, el dios descendía para pernoctar. La descripción de Herodoto no coincide exactamente con los datos arqueológicos —la arqueología sugiere rampas rectas, no en espiral—, pero confirma que la torre existía y que impresionaba a quienes la veían. La conexión con el relato bíblico se refuerza por un dato lingüístico: Babel es la forma hebrea de Babilonia. El nombre de la ciudad y el nombre del mito son, literalmente, el mismo. Eso no prueba que el relato del Génesis sea una crónica histórica del zigurat, pero sí que ambos pertenecen al mismo universo cultural y geográfico.

¿Qué evidencias arqueológicas hay de estructuras escalonadas en Babilonia?

El emplazamiento del Etemenanki fue identificado y parcialmente excavado a finales del siglo XIX y principios del XX por arqueólogos alemanes dirigidos por Robert Koldewey. Lo que encontraron fue una plataforma cuadrada de unos noventa metros de lado: la base del zigurat. Las tablillas cuneiformes halladas en la zona proporcionan especificaciones arquitectónicas que coinciden de modo llamativo con el relato bíblico: ladrillos cocidos, betún como mortero, dimensiones colosales. Otros zigurats excavados en ciudades como Ur, Uruk, Eridu y Nippur demuestran que las torres escalonadas eran una constante de la arquitectura religiosa mesopotámica, no una excepción babilónica. El zigurat de Ur, reconstruido parcialmente en los años treinta del siglo pasado, permite hacerse una idea bastante fiel de cómo debieron lucir estos edificios en su apogeo. ¿Prueban estas evidencias la confusión de lenguas descrita en el Génesis? Evidentemente, no. Pero confirman que la torre descrita en el texto bíblico responde a un tipo arquitectónico real, bien documentado, que dominó el paisaje de aquella región durante milenios.

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El mito de la Torre de Babel según Endre Rozsda

¿Cómo era el diseño escalonado de los zigurats mesopotámicos?

La estructura típica consistía en una serie de plataformas rectangulares o cuadradas superpuestas, cada una más pequeña que la anterior, lo que generaba un perfil piramidal escalonado con terrazas visibles en cada nivel. Los zigurats podían tener entre dos y siete pisos. Cada nivel se pintaba a veces de un color distinto con significados cosmológicos —negro para el mundo subterráneo, rojo para la tierra, azul para el cielo, según algunas fuentes tardías—. Rampas o escalinatas permitían ascender de un nivel a otro hasta el templo de la cúspide, donde se celebraban los ritos y donde, según la creencia, el dios tomaba residencia temporal. La torre que se describe en Babel probablemente seguía este patrón. Pero lo que interesa aquí no es solo la ingeniería. Es lo que esa ingeniería significaba. Levantar un zigurat exigía una organización laboral compleja: cantidades enormes de ladrillos, equipos de trabajadores especializados, una planificación que podía extenderse a lo largo de generaciones enteras. Esa capacidad de coordinación masiva es precisamente lo que el relato bíblico señala como peligroso. Un pueblo que habla la misma lengua y trabaja con un solo propósito puede construir lo que quiera. Y eso, en la lógica del Génesis, era algo que había que detener.

¿Cómo influyó la historia bíblica en el arte y la literatura occidental?

La torre de Babel es uno de los motivos más representados en la historia del arte europeo. Pieter Bruegel el Viejo pintó al menos dos versiones en el siglo XVI: enormes edificios en espiral que se pierden entre las nubes, habitados por centenares de figuras diminutas. Esas pinturas no eran simples ilustraciones del Génesis. Bruegel usaba la torre como comentario sobre las ambiciones imperiales de su propia época, sobre los proyectos políticos que prometían llegar al cielo y terminaban en confusión. Otros artistas —desde los miniaturistas medievales hasta Gustave Doré en el siglo XIX— encontraron en Babel un tema que permitía explorar la relación entre grandeza y ruina. En literatura, las referencias son igual de abundantes. Dante menciona la torre en el De vulgari eloquentia y en la Divina Comedia. Kafka escribió un breve relato sobre el escudo de la ciudad de Babel. Borges, en "La biblioteca de Babel", construyó una de las metáforas más potentes de la literatura del siglo XX a partir de la idea de un espacio que contiene todos los libros posibles en todos los idiomas imaginables. La expresión "torre de Babel" se ha convertido, más allá de su contexto religioso, en sinónimo de cualquier situación donde la comunicación se rompe, donde los idiomas o los conceptos impiden el entendimiento. Que un relato de nueve versículos haya generado una tradición artística y literaria de esa magnitud dice algo sobre la capacidad de los mitos para seguir hablando cuando las circunstancias que los originaron ya pertenecen a otro mundo.